Negro sobre negro. Realidad y mito en el cine de gángsters

JUAN FERRER

“¿Hasta qué punto eres duro, criatura?”

Hood Stacey (George Raft) a Frank Ross
(James Cagney) en Muero cada amanecer, 1939

 

Muchos llegaron a Ellis Island con el hambre pegada a la mirada, niños con zurcidas ropas, delgados y pálidos en brazos de sus familias provenientes de la vieja Europa, que a pocos kilómetros del puerto de Nueva York soñaban con esa especie de tierra de promisión. Los barcos trajeron a miles de emigrantes. Tantos, que se calcula que hasta cien millones de norteamericanos descienden de aquellos hombres, mujeres y niños, cuyo proceso de entrada se calcula en doce millones de personas. Entre ellas, nombres que posteriormente se hicieron populares en el cine, como los actores Rodolfo Valentino, Bela Lugosi, y el también actor y nadador olímpico Johnny Weissmuller; directores como Frank Capra, escritores como Isaac Asimov, o mafiosos como Salvatore Lucania, más conocido como Lucky Luciano.

Unos trajeron arte y progreso a un país cuya historia moderna se documenta y revisita como ningún otro a través del celuloide; otros sin embargo, formaron parte de una crónica negra salvaje cimentada en el robo, la extorsión, el asesinato y los negocios más turbios imaginables. Fueron famosos en su época, crearon y formaron parte de la mafia americana, se introdujeron en todas y cada una de las parcelas del poder, dominaron ciudades enteras, y competían en popularidad con los más solicitados galanes del cine de la época. Y el cine los encumbró transformando la realidad en mito, hasta el punto de que no había actor que se preciase que en algún momento de su carrera no se metiese en la piel de un hard boiled, un tipo duro de pelar, cierto o imaginario, de esos que hacían vibrar al público en elegantes y grandes salas de ciudades como Chicago, Nueva York, Los Ángeles o San Francisco, o de míseros y rancios cines cargados de humo y butacas raídas en las localidades más remotas a muchos kilómetros de ninguna parte. Espectadores que animaban a sus héroes criminales a asaltar bancos, beber sin freno junto a la femme fatale de turno en garitos prohibidos, y a cruzar las calles con veloces vehículos disparando desde las ventanillas mortíferas ráfagas con sus ametralladoras Thompson, conocidas entre los gángsters como “La máquina de escribir de Chicago” y, familiarmente, como “The Tommy Gun”, la misma que empuñaba el hoy día casi olvidado actor de origen ucraniano Paul Munni en la extraordinaria Scarface, el terror del hampa de Howard Hawks (1932), encarnando al hampón Tony Camonte. Era un tipo de cine en que los agentes de la ley, a no ser que alguno de ellos fuese tan cínico, descarado y audaz como sus enemigos, eran repudiados en favor del outsider, porque la memoria, extrañamente, guarda más referencias y veladas preferencias por aquellos que se saltan las prohibiciones con pistola en mano y una sórdida sonrisa en el rostro con aspiraciones de ser el enemigo público número uno, como lo fue John Herbert Dillinger, un atractivo y simpático ladrón de bancos,  incluso a ojos de la policía que en sus capturas –que fueron varias, al igual que sus fugas– no dudaban en hacerse fotos como si se tratase de un buen amigo. Dillinger era ducho con su automática del calibre 38, burló y se enfrentó al poderoso FBI de Edgar Hoover, y jugó al gato y al ratón con Melvin “El Nervios” Purvis, hasta que un 22 de un caluroso mes de julio, a la salida del cine Biograph de Chicago, fue abatido el hombre que valía 10.000 dólares de la época, un amante del cine de gángsters que curiosamente acababa de ver la película El enemigo público número uno, de W.S. Van Dyke (1934), en el original Manhattan Melodrama, con Clark Gable, Myrna Loy y William Powell en el reparto y que, como curiosidad, en una escena en el Cotton Club, sonó por primera vez una de las canciones más famosas de la historia, Blue Moon, interpretada por Shirley Ross, bajo el título The Bad in Every Man. Su figura puede recordarse en películas como Dillinger (1945) de Max Nosseck, con Lawrence Tierney en el papel principal; Dillinger (1973) de John Milius con Warren Oates, o Enemigos públicos (2009) de Michael Mann, con Johnny Depp en el papel protagónico.

El cine negro se ha alimentado de clanes y nombres del crimen organizado tan famosos como Maranzano, Gambino, Mangano, Genovese, Luchese, Costello, Masseria, Schultz, Moran, Capone, Luciano, Lansky o Anastasia. Unos acabaron entre rejas, otros expulsados del país, los menos, se libraron por poco de un destino predestinado, y otros engrosaron la lista de caídos ilustres. Entre los mafiosos con suerte se encontraba Frank Costello, el jefe de la Mafia de Manhattan, al que Vincent “Barbilla” Gigante disparó en la sien en el vestíbulo de un hotel, perforándosela y desviándose por debajo de la piel, rodeando el cráneo hasta que la bala salió por el mismo agujero, sin causar mayores daños. Todo lo contrario que Albert Anastasia, acribillado a balazos en 1957 por orden del clan Gambino en la barbería del Hotel Park Sheraton en Manhattan, mientras le cortaban el pelo, le afeitaban y le hacían la manicura. Anastasia era responsable de más de cien asesinatos.

Otro caso escrito con titulares fue el asesinato de Bugsy Siegel, el elegante y seductor hombre que creó el Flamingo, el primer casino de Las Vegas. Un visionario al que financió la mafia y que por errores en la construcción del edificio dilapidó 600.000 dólares que la “familia” se cobró una noche de 1947, cuando nueve tiros de carabina 30/30 entraron en la casa de Benny. Seis impactaron de lleno en Siegel, uno de ellos le hizo saltar la órbita de un ojo, y el párpado quedó pegado a una puerta. Y Al Capone, que hizo de un tranquilo suburbio de Chicago como Cicero, gracias a una petición del partido republicano, un reinado de terror durante las elecciones de 1924, lugar donde la mafia gobernó en la sombra, dando la victoria al alcalde Klenha, favor que se cobraron haciendo de Cicero, un lugar sin ley, hasta el punto que se llegó a decir cuando se preguntaba por el lugar: “Si hueles a pólvora es que has llegado”. Capone murió en Florida en 1947 de sífilis, no sin antes haber pasado 12 años por evasión de impuestos en Alcatraz, donde se dice que el frío viento que ululaba entre las galerías traía también el olor de hot dogs de 10 centavos, y el aroma a café de los locales de la Bahía de San Francisco, acrecentando la conciencia de que eran privados de una libertad que bullía a pocos kilómetros de la denominada “La Roca”. Fue una vida de lujo al borde del abismo.

El cine negro ha creado pistoleros psicópatas y sádicos como Tommy Udo (Richard Widmark) en El beso de la muerte (1947) de Henry Hathaway, capaz de tirar a una anciana en silla de ruedas por las escaleras; a maleantes con alma noble y mala suerte, papeles que encarnó a la perfección el gran Sterling Hayden en La jungla de asfalto (1950) de John Huston, o en Atraco perfecto (1956) de Stanley Kubrick; tipos duros como James Cagney, idolatrado por protagonizar papeles que no excluían el maltrato, como la escena en la que le estrella un pomelo en la cara a la actriz Mae Clarke en El enemigo público (1931) de William A. Wellman, o con la misma actriz, tirándole del cabello en Lady Killer (1933) de Roy Del Ruth, muy criticado en su día, pero que no ensombreció su halo de estrella del género. Tal vez, la escena más escalofriante la protagonizó el hampón Vince Stone en Los sobornados (1953) de Fritz Lang, con un Lee Marvin desfigurándole el rostro a Gloria Grahame al arrojarle una jarra de café hirviendo.

Pero si hay una cara con aire de mafioso dentro y fuera de la pantalla, esa, con permiso de Edward G. Robinson como Little Caesar en Hampa Dorada (1931) de Mervyn LeRoy, pertenece a George Raft, el actor que después de triunfar en un buen número de películas de cine negro, se cargó encima la fama de gafe, ya que en la inauguración del Flamingo y llamado por Bugsy Siegel para atraer al público, logró que aquella noche se sellase con un rotundo fracaso.

En cuanto a su carrera, tiene en su haber el haber rechazado el papel principal de El último refugio (1941) de Raoul Walsh, que acabó interpretando Humphrey Bogart, o Perdición (1944) de Billy Wilder. Raft, famoso por su manía de lanzar al aire una moneda, también fue un contratado de Meyer Lansky, el mafioso judío a las órdenes de Lucky Luciano, en el Casino de Capri en La Habana de mediados de los 50, donde amén de jugar con la susodicha moneda, repartía fichas de cinco pesos que mostraban en una de sus caras, el retrato del actor. Todo eso, mientras a otro gran ídolo, al irrepetible Humphrey Bogart, se le iban marchitando los pulmones mientras publicitaba grandes marcas de cigarrillos.

 

Sugerencias:

Una saga: Trilogía de El Padrino (The Godfather) (1972 – 1990) de Francis Ford Coppola.

Una película: Uno de los nuestros (Goodfellas) (1990) de Martin Scorsese.

Una serie clásica: Los Intocables (The Untouchables) (1959-1963). Cuatro temporadas (119 episodios).

Una serie de culto: Los Soprano (The Sopranos) (1999-2007). Seis temporadas, la última dividida en dos partes, Parte 1 (Episodios 1-12). Parte 2 (Episodios 13-21) (86 Episodios).

Un libro: Honrarás a tu padre, de Gay Talese (640 páginas). Editorial Alfaguara.

Un libro de consulta: Cosa Nostra. Historia de la mafia siciliana, de John Dickie (496 páginas). Editorial Debate.

Una banda sonora: Sed de mal (Touch of Evil) (1958) de Orson Welles. Compositor BSO: Henry Mancini.

Un lugar de interés: The Mob Museum (Museo de la Mafia) 300 Stewart Ave, Las Vegas, NV 89101, Estados Unidos.

Deixa un comentari

L'adreça electrònica no es publicarà. Els camps necessaris estan marcats amb *

Control * Time limit is exhausted. Please reload CAPTCHA.