El historiador y los mitos

ROBERTO FERNÁNDEZ

Aunque en los medios intelectuales y de comunicación no aparece habitualmente entre los principales temas de debate, estoy persuadido de que una de las decisiones más importantes que deben tomar los europeos consiste en si construimos Europa mediante las directrices de la Ilustración o bien a través de las propuestas del Romanticismo. No crean que es un asunto baladí, pues donde pongamos el acento determinará en gran medida la forma y manera en que Europa definirá su existencia y su personalidad en los próximos decenios. La Ilustración es ciudadanía, universalismo, cosmopolitismo, objetivismo, Estado como contrato social, educación para la igualdad de oportunidades y ciencia para el progreso social. En cambio, el Romanticismo es más bien individualismo absoluto, subjetivismo, etnicidad, identidades colectivas terrioriales, Estado como sacralización de la nación, particularismo, diferencialismo y nacionalismo. Se me dirá, no sin cierta razón, que es una caracterización de ambos movimientos excesivamente simple, pero sostengo que en esencia no creo que resulte incorrecta.

Lo antedicho tiene relación con los mitos más de lo que pudiera parecer a primera vista. Si consultan el Diccionario del español de don Manuel Seco (que siempre me acompaña), pueden leer que existen tres acepciones de la palabra mito: 1) “Relato fabuloso de carácter simbólico o religioso y protagonizado por divinidades o héroes”, 2) “Imagen o concepto magnificado (de alguien o de algo real)”, y 3) “Cosa fabulosa e inexistente”. Es decir, en su última esencia, un mito es una mistificación de la realidad objetiva. O sea, es una falsificación, por exageración o por inexistencia fáctica, de algo que se afirma en el discurso respecto a la realidad.

Históricamente hablando, tengo para mí que la Ilustración ha estado en la tarea de la desmitificación y en cambio el Romanticismo ha sido más proclive a una labor mitificadora. Los ilustrados quisieron romper con las supersticiones, militaron contra las falsas ideas de cómo funcionaba la realidad, ideas que en gran medida se habían creado en la fábrica de algunas religiones. Voltaire, Rousseau, Diderot o Jovellanos querían conocer la realidad en sí misma al margen de las ideologías, los sentimientos individuales y los intereses partidarios. Querían transformar el mundo y por eso necesitaban conocerlo tal como era en sí mismo mediante la bandera del racionalismo crítico, dando paso de este modo a que la ciencia fuese abriéndose camino definitivo frente a las supercherías.

Por contra, los románticos han caído a menudo en la tentación de mitificar la realidad, especialmente en su afán por relegar lo común de los humanos para resaltar especialmente las diferencias. Muchos romanticismos nacionales han sido sobre todo diferencialistas, a saber: resaltar los elementos dispares por encima de los hechos ecuménicos, potenciar el hecho privativo frente al hecho universal. Y por eso, en general, los románticos han sido defensores de los “espíritus de los pueblos” (volksgeist) que aparecen como los principales fabricantes del “ellos” y el “nosotros”, es decir, defensores de los particularismos frente al universalismo de unos pensadores ilustrados que se han mostrado mucho menos proclives al diferencialismo y a los nacionalismos.

Los historiadores no debemos ser románticos. Los historiadores creamos un producto intelectual denominado historia, mediante la práctica de un oficio intelectual que se llama historiografía, para ofrecer a la ciudadanía, merced al método científico que exige la comprobación empírica de las afirmaciones, la mayor cantidad de verdad posible sobre cómo funcionan y cómo cambian las sociedades humanas en el transcurso del tiempo. Hacemos ese trabajo sobre el pasado porque nos interesa proporcionar un conocimiento veraz para entender el presente y hacer propuestas rigurosas y viables para nuestro futuro. Por eso, si los historiadores desean tener credibilidad social, deben comportarse como científicos sociales que tienen como primera divisa de actuación deontológica no crear mitos, sino combartirlos sin generar a su vez nuevos mitos en ese combate.

La historia de los países está llena de mitificaciones. Este no es un mal exclusivamente español ni catalán, sino más bien universal. La culpa de ello la tiene centralmente la lucha por el poder económico, social y político. Quienes quieren ostentarlo desean crear y gestionar un relato del pasado que permita legitimar su dominación o su ideología en el presente. Y muchas veces los que no quieren ser sometidos o tienen un ideario alternativo, también hacen lo propio para poder pasar a ser clase dirigente y/o dominante. En ambos casos parece que controlar la narrativa del pasado es muy útil para su última meta: conseguir que sus ideas sobre cómo organizar la sociedad sean las hegemónicas y si fuera posible las únicas. Y en ese objetivo final, el mito aparece como un eficaz instrumento para conseguir modelar las conciencias humanas de forma fácil y sentimental a favor de las ideas que se desean que ejerzan como dominadoras.

El mito es simple, sencillo, rotundo, fácil de asimilar. El mito es sobre todo sentimental y alejado del racionalismo. El mito es una creación intelectual para dominar las conciencias convirtiendo al individuo en un ser gregario y tribal. Y cuando se trata del pasado, esos mitos adquieren la fuerza telúrica de decirnos que el camino que proponemos para el futuro está garantizado y legitimado por la narrativa del pasado. Incluso hay quienes defienden que cuando un pueblo se encuentra oprimido es legítimo que fabrique sus propios mitos para alcanzar su liberación. No comparto esa opinión. Un pueblo que base su futuro en los mitos tiene los pies de barro, pues tarde o temprano estos mostraran su faz de mentira ante las nuevas generaciones. Además, los ciudadanos del presente y del futuro tienen el derecho inalienable a disponer de un conocimiento del pretérito que no esté manipulado por intereses partidistas forjadores de mitos.

En suma, lo que también nos hace humanos es conocer la realidad con objetividad y en el silencio de la pasiones subjetivas. Cuestiones que deben conseguirse a través de una ciencia histórica (nunca de la memoria histórica) que tenga como primera consigna derribar el falso conocimiento de la realidad que significan los mitos. Los científicos sociales debemos contribuir a que los habitantes de la Caverna de Platón puedan salir al aire libre para conocer el mundo real.

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