Lydie Salvayre: «La desmesura de la violencia franquista me incitó a escribir No llorar»

SALVAYRE

LYDIE SALVAYRE, premio Goncourt de 2014 por Pas Pleurer (No llorar), una memoria familiar muy vinculada a Lleida, donde residió un hermano de su madre, vendrá a la capital del Segrià el próximo mes de mayo invitado por la profesora de la Universidad de Lleida Àngels Santa. No llorar está escrita en un idioma mestizo, híbrido –el frañol-, un francés plagado de castellanismos y de expresiones catalanas que aprendió de sus padres. Es un homenaje a los jóvenes que lucharon por la República y contra Franco, que se vieron obligados al exilio –“la peor experiencia de mis padres fue la que vivieron en el campo de Argelès”– y que mantuvieron siempre firmes sus convicciones republicanas y antifascistas. En esta entrevista explica cómo vivió su condición de hija de exiliados y habla con orgullo de sus progenitores y de su tierra de origen.

¿Esa ingenuidad de los personajes jóvenes que desean cambiar el mundo se la transmitió su madre?

Mi madre había guardado, durante setenta años, un recuerdo intacto y muy feliz de ese período. E igual con la retirada, ella no contemplaba el paréntesis libertario como el fruto de un deseo naíf o ingenuo de lo que habían llevado a cabo, sino como la voluntad lúcida, asumida, consciente, de su gesta, la voluntad muy fuerte de poner fin a una vida estrecha, sofocada y privada de cualquier proyecto de futuro. Pero es cierto que en el fondo de ella había algo de ingenuidad y de candidez que conservaba de su adolescencia.

¿Qué versión de la guerra y de la revolución le explicaron sus padres exiliados?

Mis padres habían tomado parte y causa por la República en 1936 y su versión de la guerra estaba, evidentemente, determinada por su toma de posición política. Pero lo que me sorprendió, leyendo los Cementerios bajo la luna de Bernanos, fue que la versión de este último sobre “el terror” (son sus palabras) ejercido por los franquistas durante la guerra civil era mucho más terrible que la que daban mis padres. Es también el impacto recibido por la lectura de Bernanos, el descubrimiento de esa violencia cuya desmesura nunca había imaginado, lo que me incita a escribir No llorar.

¿Se ha sentido usted parte del exilio?

En la infancia no he percibido en absoluto lo que podía significar el exilio para mis padres. Tenía la sensación de que ellos no eran exactamente como los demás y que destrozaban la lengua francesa. No es hasta mucho más tarde que he comprendido la violencia, el daño, que este exilio representaba para ellos, un daño del que mi padre no se recuperó jamás. Mi madre, por el contrario, supo convertir ese dolor, esa prueba, en una fortaleza.

¿Qué la obligó a ser la memoria viva de su madre? ¿Es una deuda generacional, un homenaje? 

Fue precisamente esa calidad de mi madre de convertir ese dolor del exilio en una fortaleza que quise hablar de ello en No llorar. Pero no solamente por ello. El libro ha sido para mí una forma de hacerla renacer (falleció hace ocho años), una forma de perpetuar su nombre y su memoria. Y una forma también de decir que su exilio había sido para mí, y puede que también para ella, una oportunidad.

¿Le hablaba de sus paisajes de la infancia y la juventud su madre? ¿Ha pensado en recorrerlos? ¿Lleida? ¿La Fatarella? ¿Barcelona?

Mejor que eso. Visité frecuentemente con ella La Fatarella durante las vacaciones de verano. He visto el lavadero donde iba a lavar la ropa, los olivares donde recogía las aceitunas, la casa de sus padres que seguía en pie, los asnos cruzando las calles del pueblo. He reencontrado a sus amigos, a su familia, pero también a los que rehusaban saludarla porque había sido una roja en 1936. No he tenido que hacer ningún esfuerzo de memoria cuando escribí el libro. Todos esos recuerdos estaban inscritos en mí, inolvidables.

Los hijos de los perdedores de la guerra han vivido el silencio y la vergüenza de nuestros padres. El régimen les hizo sentirse culpables y tardaron años en superarlo. ¿Cómo lo ha vivido una hija del exilio?

Lo cuento en el libro; mis padres me decían con frecuencia que habían perdido una guerra pero que, por el contrario, habían ganado el sentido de su lucha, un sentido al que seguían siendo fieles. Jamás he percibido en ellos vergüenza. Dolor sí, vergüenza jamás. Habían luchado y lo habían pagado caro, pero lo importante para ellos, me parece a mí, era no haberse rendido al franquismo. De eso estaban orgullosos.

Una de las mayores vergüenzas de los años 40 fueron los campos de refugiados (denominados de concentración por el gobierno Daladier). ¿Francia fue injusta con los exiliados?

Yo creo que, de todas las experiencias vividas por mis padres, la de los campos de concentración fue la más difícil, la más humillante. Se reencontraron internados, en febrero de 1939, dentro del campo de Argelès-surmer, en barracones desnudos, sin camas, ni agua, ni electricidad, y en medio de una promiscuidad humillante. Pero esa experiencia fue atenuada por la acogida increíblemente generosa de las familias que los albergaron posteriormente y con las que se mantuvieron unidos hasta el final. De algún modo para ellos significó vivir lo mejor y lo peor del exilio.

¿Cuando ve ahora las columnas de refugiados sirios entrando en Europa, qué piensa? ¿Tan poco hemos aprendido en 75 años?

Cada vez que veo en la televisión o en los diarios las columnas de exiliados huyendo de un país en guerra pienso en mis padres.

¿Cree que la literatura es, sobre todo, reconstrucción de la memoria?

La literatura puede ser un ejercicio de la memoria, pero para mí está lejos de limitarse a eso. Deleuze decía que los escritores europeos eran los escritores de la historia, del pasado, de la memoria, mientras que los escritores americanos lo eran del espacio, de la geografía, de los recorridos. En No llorar he querido que haya una parte de Historia, una parte de recuerdo y, al mismo tiempo, he querido subrayar un personaje incompleto, en el que la memoria no es completa y que solo guarda los mejores recuerdos. Era una forma de rendir homenaje a Nietzsche y su elogio del olvido. Nietzsche en efecto decía que el olvido era la condición necesaria para pensar las cosas de forma nueva, que era la condición necesaria de la felicidad.

Ha inaugurado usted un “idioma”, el “frañol”, un francés plagado de castellanismos y de expresiones catalanas de su madre. ¿Le ha costado o formaba parte de su idioma familiar?

Yo crecí con unos padres que hablaban una lengua que era una mezcla de francés y de español. Esta lengua la he denominado “fragnol” y he querido en No llorar hacer un elogio por mil razones. La primera es que, en un mundo donde nos hablan más que hablamos (nos hablan por la televisión, por la publicidad, por la opinión pública), esta lengua híbrida, mixta, suena de forma muy singular y amenaza la hegemonía del hablar mayoritario. Nos libera de un idioma dominado por las voces oficiales; es decir, un francés plano, apropiado, insípido, un francés convencional, sin sorpresas ni audacias que querría  pasar como el único legítimo. Este frañol es por otra parte una lengua alegre y que produce efectos cómicos, una lengua que nos reconcilia con el gusto por el juego. Una lengua que por su malicia y sus incorrecciones disipa la seriedad de lo “bien dicho”, un idioma que introduce en cada frase una pizca de sel y una de pimienta, una lengua que cada día se inventa y se improvisa, alejada de todo principio jerárquico, palabras sabias y groserías amadas por un mismo corazón. En fin, una lengua impura que acoge, breve y viva a un tiempo; tan viva que me sirve constantemente de ejemplo. Esta lengua efectúa, a mi parecer, el famoso “salto fuera de las filas asesinas” del que hablaba Franz Kafka. Los asesinos evocados no están armados ni con cuchillos ni con hachas sino con estereotipos y animados por la obsesión de reglamentar la lengua, de normalizarla y someterla.

¿Ha supuesto un problema comercial usar ese estilo de francés mestizo?

No lo creo. El libro en Francia ha tenido muy buena venta gracias quizás a ese frañol refrescante.

¿Existe una barrera, más allá de la frontera, que impide a los ciudadanos franceses y españoles conocer sus respectivas historias?

Hace falta tiempo para que un país se reconcilie con su pasado. En Francia, hizo falta esperar a los trabajos del historiador americano Paxton, en los años 70, para que la luz se hiciera sobre el episodio de la Colaboración entre 1940 y 1944. Hasta allí era muy difícil, por no decir imposible, hablar de ello.

per… JUAN CAL

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