El artista de los mil nombres

JUAN CAL

París, 1940. Los alemanes ocupan París después de unos pocos cañonazos. La ciudad ha caído sin apenas oponer resistencia. La Gestapo y la Seguridad Pública, con la colaboración de una amplia red de delatores, comienza a detener a los judíos que aún no han huído de la ciudad. La Resistencia es apenas una palabra. Pocos grupos de funcionarios, masones la mayoría, empiezan a organizarse para enfrentarse al ocupante. Son detenidos y ajusticiados inmediatamente. El mercado negro funciona; se pueden hallar toda clase de bienes y servicio desde un salvoconducto para abandonar París hasta comida, pasando por obras de arte clásicas, joyas o muebles de gran valor. En tiempos de guerra, la rapiña es una actividad legítima.

Ese es el ambiente de depravación moral con que se encuentra el joven José Viola Gamón (ya entonces, con 24 años, ha decidido cambiar su nombre por el de Manuel, a veces Adsuara, a veces Jean Ribes). No tiene papeles; se ha alistado en la Resistencia y combate junto otros artistas surrealistas con los que comparte agitación cultural a través de la revista La Main à Plume. Tiene una novia, judía de origen checo llamada Tita (Edith) Hirshowa, pintora como él, y fantasea con que es una princesa rusa blanca. Conoce a Éluard, a Breton, a Benjamin Péret. Con algunos de ellos, la complicidad es solo artística, con otros también militar. Vive clandestinamente en la ciudad y comparte vivienda con otros artistas exiliados españoles, como Óscar Domínguez o Apel·les Fenosa. Vive las noches de Montparnasse, la vida loca de los días de ocupación, traba amistad con Picasso y otros artistas que triunfan en París; pero su vida no es fácil, pasa por toda clase de humillaciones para sobrevivir y acaba conociendo a un personaje siniestro, sombrío, diabólico: César González Ruano.

El periodista vive en París a cuerpo de rey, sin ocupación conocida. Ni siquiera escribe sus encendidas crónicas pronazis para el ABC. Se hace pasar por marqués, se aloja en diversas viviendas y vive, supuestamente, de ayudar a huir a judíos desesperados, algunos de los cuales le confían sus bienes más preciados, sus casas, sus obras de arte, sus muebles, todo aquello que no pueden llevarse a un exilio precipitado, con la muerte siguiendo sus pasos. El falso marqués trafica con obras de arte; algunas son auténticas y proceden de las viviendas de los judíos cuya custodia le han encomendado. Para tapar los huecos de las obras “desaparecidas” encarga falsificaciones a los artistas españoles exiliados a los que conoce de sus noches en Montparnasse. Óscar Domínguez pinta De Chirico mejores que los originales; Viola es tan ecléctico que puede falsificar de un Picasso a un Greco. Sospecha cuál es el destino de algunas de esas obras, y le repugna, pero hay que sobrevivir y sigue pintando; a fin de cuentas, recibe un modesto salario y es Ruano quien saca los pingües beneficios de sus víctimas.

París es una ciudad extraña donde se mezclan los ocupantes y los exiliados, los perseguidos y los que aprovechan todo aquello para enriquecerse. Por la embajada española, a las órdenes del embajador José Félix de Lequerica, un tipo siniestro se mueve como pez en el agua. O como ave de rapiña. Se llama Pedro Urraca Rendueles y figura en la nómina de la embajada como agregado policial. Es el encargado de llevar a cabo la detención o secuestro, con la colaboración de la Gestapo, de los más destacados representantes de la República que permanecen en territorio francés. Figuran en una lista facilitada por Serrano Súñer a las autoridades de Berlín. El mayor éxito de Urraca es la detención del presidente de la Generalitat, Lluís Companys,y su envío a Barcelona, donde acabará siendo fusilado tras un juicio sumarísimo. Urraca, como Ruano, también sacó provecho de la persecución de los judíos: ocupó la vivienda de una vecina y en ella residió hasta el final de la guerra, cuando la victoria aliada le puso a él, y también a Ruano, en la lista de los que serían condenados a muerte por colaboracionistas. El juicio tuvo lugar en 1947.

Edith, la novia judía de Viola, personaje que aparece en la novela de Ruano Manuel de Montparnasse, tuvo la desgracia de conocer al periodista español. Ella y Viola vivían en el mismo piso que el poeta Robert Rius (catalán de Perpinyà) y su esposa, la crítica de arte y poeta Laurence Iché. Los cuatro colaboraban en la revista surrealista y clandestina La Main à Plume (en honor a una frase de Arthur Rimbaud en Una temporada en el infierno: la mano en la pluma equivale a la mano en el arado). Edith y Manuel carecen de papeles y viven ocultos en casa de sus amigos. Según explicó Laurence muchos años más tarde, con Viola ya muerto, González Ruano delató a la pintora checa, que fue detenida y enviada al campo de Auschwitz, donde falleció. Robert Rius ayudó a sus amigos perseguidos buscándoles alojamiento en Perpinyà, su población natal, en Canet y también en Marsella. Fue fusilado en 1944 en Fontaineblau, detenido por pertenecer a la Resistencia tras una delación, cuando la guerra estaba a punto de acabar. Laurence, que ya tenía una hija de Rius, y Viola abandonaron Francia en 1949 para casarse e instalarse primero en Torremolinos y después en San Lorenzo del Escorial, hasta la muerte del pintor, en 1987. Aún tendría tiempo para ayudar al mejor conocimiento de la obra del artista canario Óscar Domínguez, con quien había mantenido una gran amistad en el París ocupado.

Al acabar la guerra, J.V. Manuel, firma que utiliza entonces para colaborar con textos poéticos en La Main à Plume, se desplaza a la Normandía durante apenas un año y es allí donde toma contacto con la abstracción. Vuelve a París y más tarde regresa a España. Atrás quedan José, Jean, J.V. y Manuel Adsuara. Manuel Viola está a punto de aparecer. El hombre excesivo, salvaje, intenso y vital que conquista el mercado del arte con su evolución hacia el expresionismo abstracto. Pero esa es la parte que deben explicar los historiadores y expertos en arte. En Lleida nunca dejó de visitar a sus amigos Leandre Cristòfol y Antoni Garcia Lamolla. Llorenç Melgosa, testigo de algunos de esos encuentros, junto con Albert Coma, aún recuerda la vitalidad explosiva de Viola en contraste con la timidez rural de su entrañable Leandre en el taller de este en la avinguda de Catalunya. El templo de la memoria artística de Lleida.

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