Viola abstracto

JAVIER LACRUZ

A los zaragozanos y lleidatans, porque
Viola es uno de los nuestros

La mayoría de los artistas, normalmente dotados en su primera infancia de una determinada capacidad para juntar palabras, sonidos o colores, en el transcurso de sus vidas desarrollan su actividad creativa con un decidido impulso –élan vital, dirá Bergson–, hasta ver cumplida la satisfacción de su deseo. No es el caso de Viola. De niño pensó en ser militar, de adolescente se hizo poeta, y de adulto, tras pasar por múltiples trabajos (desde friegaplatos hasta guía turístico o chalán de relojes y cortes de telas con sus amigos gitanos), se hizo aprendiz de pintor. Y, sin voluntad meditada, además de ser uno de los pioneros de la abstracción española de posguerra, fue uno de nuestros grandes pintores abstractos.

Su inclinación militar poco o nada tuvo que ver con el hecho de que estuvo tirando tiros durante casi diez años, primero en el POUM, durante la guerra civil, y después en la Legión francesa y en el maquis, contra el alarde alemán en Europa. Su vocación de poeta la ejerció desde su etapa formativa en Lérida y Barcelona, durante su etapa francesa en La Main à Plume, y a lo largo de toda su vida. Viola fue un poeta alistado en el surrealismo, que más que una escuela o un movimiento fue una rebelión contra la razón, la lógica y la moral imperante, pequeñoburguesa. Lo de pintor fue una vocación tardía, derivada de su azarosa vida, llena de nomadismo y aventura, allá por 1944-1945, de cuando estaba en la Résistance, oculto en Cordebugle, Normandía.

A Viola se le conoce como un pintor abstracto. Pero más bien Viola fue un «poeta plástico» (como él mismo definió la obra de su amigo Lamolla), pues la poesía siempre estuvo en la base de su pintura, ya desde los títulos de sus cuadros. Viola siguió el principio de la «necesidad interior» de Kandinsky, sobre el contacto adecuado de la armonía de los colores con el alma humana, pero filtrado por la «actividad del espíritu» surrealista y, más adelante, por el «castillo interior» de los místicos españoles. A su vez, Viola asumió una pintura de gesto enardecido –«afilado como garfio de carnicero» (Cirlot dixit)–, con una paleta austera o de gran intensidad cromática según el momento, siempre en el límite entre lo figurativo y lo abstracto, la realidad y la fantasía, lo interno y lo externo, en el entreverado limbo del ensueño.

El mítico cuadro de La saeta (1958), pintado a partir de una fotografía borrosa de la Semana Santa de Cuenca –y cuyo título se lo puso su compadre Rafael Romero, el Gallina, un gran cantaor de flamenco–, junto a los más explícitos Semana Santa (1960) o La procesión (1961) –propiedad del Museo Jaume Morera de Lérida–, el muy taurino Voz negra (1961), el homenaje tributado al poeta César Vallejo en España, aparta de mí este cáliz (1965), o a su padre en Ventana a la muerte (1967) con resonancias a Motherwell o Tàpies, o uno de sus brillantes destellos tardíos, Isla de los muertos (1985), son pinturas en las que Viola aúna el pasado con el presente, la tradición con lo nuevo, «en recuerdo del porvenir», como dirá el propio artista. Pinturas que anudan al espectador con su obra, en un espacio compartido, de experiencia común, y que lo abisman a sentir una vivencia entre extraña y familiar, propia del unheimlich freudiano.

La profunda crisis moral provocada por la devastadora guerra mundial propició una abstracción matérica y gestual (en Francia: el tachisme), que subrayaba la imposibilidad de representar el mundo «después de Auschwitz». Viola siguió esa veta de explosiones coloristas y astilladas, pero al volver a España y entrar en la sala negra del Museo del Prado, quedó prendado por el fulgor de Goya: «En mi pintura hay pedazos de un Goya borracho», dijo. Desde el fondo oscuro de la tela, tras pintarla de negro de estameña, buscó –de la mano de Rothko y Unamuno– la luz de la tiniebla. No es baladí, por tanto, que Luis María Anson lo llamase el «genio del abstracto», y que Manuel Rivera, su amigo del grupo El Paso, dijera que «Viola fue el mejor de todos nosotros».

A los 16 años, en el contexto de su gran exposición en la Lonja de Zaragoza, comí con Manuel Viola y su exesposa, Laurence Iché. Viola vestía capa española, lucía melena de alazán desbocado y su vozarrón provocaba un eco estereofónico. Le dije que me gustaba Picasso. Y con una sonrisa tierna me corrigió: «¡Don Pablo, muchacho, no lo olvides nunca!». Él no sabía que estaba con su futuro biógrafo y buen coleccionista de su obra. Yo no sabía que era un gran mentiroso poético, de esos que recrean historias hasta el justo punto de hacerlas entrañablemente bellas. Ambos compartíamos los ojos azules. Y me gustaría contar hoy, querido lector, que en aquella ocasión, el poeta-pintor Viola me dedicó aquel verso de Tristan Tzara: «Capitán, haz guardia a los ojos azules».

LACRUZ

 

Javier Lacruz
COMISSARI
Comissari de l’exposició Manuel Viola, en
recuerdo del porvenir. Retrospectiva 1933-
1985. Palacio de Sástago, Saragossa. Del 18
de febrer al 29 de maig del 2016. Exposició
realitzada amb motiu del centenari del
naixement de Manuel Viola.

 

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