Conmemorar para interrumpir el olvido

LOLA GONZÁLEZ

Cuatrocientos años después
de la muerte de Cervantes (1616-2016)

CERVANTESA pesar del tiempo transcurrido la biografía del escritor más universal de la literatura española sigue conteniendo lagunas e incógnitas. Eruditos, críticos y estudiosos (Cannavaggio: 1997), cuya cita aquí sería interminable y enfadosa, no han conseguido llenar esas lagunas enormes. Aunque aceptado por consenso por los cervantistas, no existe documento que certifique claramente que su lugar de nacimiento fuera Alcalá de Henares. Nada se sabe con certeza sobre los largos períodos de tiempo pasados fuera de España: los años transcurridos entre 1569-1580, que coinciden con su estancia en Italia, constituyen un verdadero laberinto. Lo mismo ocurre con los otros cinco que pasó en Argel como cautivo. Y otro tanto de los años transcurridos en Andalucía, de 1587 a 1600, periodo en el que fue excomulgado dos veces y encarcelado otras dos. Su vida privada así como el mundo de sus sentimientos íntimos nos son por entero desconocidos. Nada o muy poco sabemos de las mujeres a las que amó. Y de su formación intelectual, el hecho de que careciera de títulos académicos hizo que una parte de la crítica lo denominara “ingenio lego”. De lo que no cabe duda es de su gran conocimiento de los clásicos y de su gran pasión por la lectura: “soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de la calle” (Quijote, I, 9). El hecho de que fuera autodidacta no debe hacerle ninguna merma, sino todo lo contrario: quizá eso le libró de las imposiciones de la enseñanza oficial y le dio más libertad de pensamiento. La vida de Cervantes es un verdadero laberinto y la lectura de su obra es prácticamente lo único que tenemos a mano para intuir algunas salidas. Desde la crítica (Abellán: 2005) se ha desarrollado la teoría de que muchos de los secretos relacionados con la vida y con la obra de Cervantes eran producto de la época, de una sociedad que estaba llena de reservas y sigilos y que practicaba la suspicacia de forma continuada y sistemática. En realidad, mantener el secreto formaba parte de la necesaria actitud defensiva, en un medio con un sistema social represivo e inquisitorial que hacía muy difícil el ejercicio pleno de la libertad intelectual y religiosa. Familiarizarse con aquella sociedad, protagonizada por los “cristianos viejos”, y donde cualquier otra creencia religiosa era una mancha que impregnaba no sólo al individuo sino a todo su linaje, y donde los “cristianos nuevos” se convertían en sospechosos, nos hace pensar de que se trataba de una sociedad enferma que había introducido una discriminación profunda en su seno, una enfermedad que ha llegado hasta nuestros días. Desde este punto de vista, uno de tantos, pero uno de los más importantes también desde los que los estudiosos se han acercado a la obra de Cervantes (es unánime la opinión sobre su ascendencia judeoconversa, por lo tanto formaba parte de la “nueva” casta), la parodia y crítica de los libros de caballerías que realiza en el Quijote habría sido un ingenioso pretexto para escribir la novela que, al final, ha leído todo el mundo, se ha traducido a todos los idiomas y ha adquirido fama universal.

Lejos de disuadir a los lectores, que por motivos varios hayan abandonado la lectura de Cervantes, lo comentado pretendía justamente lo contrario, una invitación a volver a ella con un propósito que, si bien no es original, no por ello carece de interés así como de atractivo. Volver a la escritura cervantina con la mirada de quien busca en este irrepetible escritor, profundizar en la condición humana, en sus miserias, en sus virtudes y en sus contradicciones. Y de entre sus obras, es insoslayable comenzar por el Quijote. Tenga a bien, “desocupado lector”, si es que hoy en día existe todavía esta condición, sino habría que recuperarla, que el Quijote es la obra de toda una vida (más de dos décadas invirtió en su escritura) donde su creador fue depositando el acervo de saberes, conocimientos y experiencia a lo largo de muchos años. Y recuerde también el lector que el Quijote fue concebido en el momento “más bajo” de su vida: entre 1592 y 1597, periodo en el que tuvieron lugar las dos excomuniones y las dos prisiones mencionadas arriba. Después de estos dos sucesos y ver claro que no le serían reconocido oficialmente sus sacrificios en la milicia (el episodio de Lepanto es el más recordado por todos y el que le valió los mayores halagos), sin olvidar el largo episodio del cautiverio, surge la idea del Quijote. La novela es fruto de la decepción. Se ha comportado como un ingenuo por esperar recompensas a algo que en su juventud creyó de alto valor. Y he aquí, posiblemente, el punto de partida del Quijote “se transmuta en el ‘loco’ de un ingenioso hidalgo que ha creído en la justicia y en los grandes ideales. Por eso el primer Quijote es la “novela ejemplar” de un insensato que tras convertirse en caballero andante, acaba creyéndose Valdovinos o Abindarráez, molido por los palos de los mercaderes toledanos, cuando en realidad es un hidalgo de un modesto pasar en un lugar desconocido de La Mancha” (Abellán: 2005, 72).

En la obra cervantina –y de forma muy especial en el Quijote- Américo Castro (Abellán: 2005, 93) percibió un acto de rebeldía contra aquella sociedad. En todo el libro subyace una crítica al sistema socio-político bajo el cual vivía y a esto lo llama “gigantismo” para indicar un deseo de igualdad entre todos los hombres y, como consecuencia, una crítica contra los “gigantes” – es decir, los clérigos, las autoridades, los duques, los ricos- que salen siempre mal parados en la novela (sería el momento de releer el episodio de los molinos o el de los duques). Junto a ese denominado por la crítica “antijerarquismo” (Abellán: 2005, 93) la obra de Cervantes contiene un mensaje de exaltación del hombre y de la libertad. Recordemos que las aventuras de don Quijote transcurren al aire libre y en el campo, es decir, alejadas de los centros de poder y de las ciudades, donde este se ejerce. Deliberadamente don Quijote es un hombre que vive no sólo ajeno a las convenciones sociales de su tiempo, sino en cierta oposición al sistema político que las sustenta, de acuerdo con ese “antijerarquismo” anterior. Para corroborarlo solo hay que volver sobre su obra, poesía, teatro, narrativa, leerla de nuevo a la luz de lo que hemos ido comentando en estas líneas y tener en cuenta que la sociedad quijotesca es la de los venteros, cabreros, pastores y labradores que encuentra en su camino.

El mejor homenaje que puede realizarse a un escritor, y en esta ocasión estamos ante el representante más universal de las letras hispánicas, creador de la novela moderna, es leer su obra. En sus escritos Cervantes nos entrega un caudal de sabiduría universal, y todo ello, sin levantar las sospechas de las autoridades de su tiempo. ¡Magnífico ejemplo de disimulo del que participa toda su obra literaria¡ Casi como el que no quiere la cosa, a través de un finísimo humor y de un dominio extraordinario de la ironía nos va ofreciendo experiencias, meditaciones, críticas, pensamientos, que en su conjunto vienen a constituir una concepción del mundo y de la vida, esparcidos por poemas, piezas dramáticas y novelas.


Abellán, José Luis, Los secretos de Cervantes y el exilio de don Quijote, Madrid, Centro de Estudios Cervantinos, 2006.
Canavagio, Jean, Cervantes, Madrid, Espasa-Calpe, 1997.
Riquer, Martín de, Para leer a Cervantes, Barcelona, Acantilado, 2003.

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