La soledad del héroe o el fracaso de la música

Pablo Rivero
Érase una vez el fin
Anagrama 134 pàg.


LORENZO PLANA
La novela de toda una generación de jóvenes sin futuro en las barriadas de un Gijón espectral

Uno se percata de que este autor ha forzado sincerarse. El protagonista, un pianista desorientado al que las chicas adoran, tiene clavadas tantas espinas. ¿Cómo curarse? Por de pronto, abandonando la mala vida y el fatalismo que le petrifica el corazón ante el desastre de toda una franja de humanidad que vive en la miseria moral. Lo que más le duele a nuestro músico es que el mal se halla en la raíz: toda una generación de jóvenes sin futuro en las barriadas de un Gijón espectral. ¿Hay algo de tremendismo? Precisamente, es esa incapacidad de sus familiares, de sus amigos y de los monstruos nocturnos, la de marchar a otros ámbitos, lejos de la debacle económica… lo que deja desarmado a este héroe que comprende que el mundo está mal hecho. Cabría matizar: no es una pose ni un reduccionismo, el paisaje que aquí se describe es fidedigno. ¿La sociedad admite mimbres más flexibles? No. Para alzar esta historia se han utilizado vidas reales. Rozando cierto naturalismo con ecos de Zola, llevándolo al lirismo duro del realismo sucio, este aprendiz aventajado de Carver hace pensar en la obra de Cela: La colmena. ¿Quién nos hizo creer que aquellos infiernos estaban superados? Ahí radica la rabia. No hay fachadas, ni atenuantes. A pesar de que el lector pueda leer cómodamente sentado en un sofá privilegiado, los mundos del tormento social son cerrados, autistas. Rivero describe el fundamentalismo folclórico de su madre: su tozudez de buena voluntad obstruye posibles salidas drásticas. ¿No vivimos cada uno de nosotros ficciones tranquilizadoras? Con gran soltura, este autor se acerca en cierto modo al universo de Francisco Casavella (nuestro Baudelaire más próximo), a las luchas por la consagración de un Mañas o un Ray Loriga. Retrata los intestinos dolidos de la sociedad española, la anorexia de su anatomía educativa. Sólo en las entrañas del derrotado se esconde el enclave existencial: nuestro espejo. ¿El Mal o la indecisión? Nuestro héroe elige esta última, y tras abstenerse de pagar una deuda de juego, cae acuchillado en un tristísimo cine de butacas famélicas. Él, el más lúcido de todos, responde con su sangre. El poder de la droga, del sexo y del derrotismo… Más allá de un maldito al uso, su exigencia es la grandeza de una duda firme: la belleza malsana pero transversalmente noble. En el hotel macilento su piano cae en el silencio. Somos huérfanos. El éxito de esta novela radica en estar técnicamente a la altura del desastre de un alma imperfecta. Nuestro amigo toca la última canción: dudad, dudad, decía el gran dandi parisiense… Es la desbandada de los sueños de un niño adulto. ¿Dónde la esperanza? Rivero hunde sus manos en nuestra inquietud y saca oro. Pero le vence ese maquillaje seductor que utiliza el peligro. Lástima. Cada poeta anida un corazón injusto.

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