La cara oculta de la luna

MARISA TORRES BADIA

Haruki Murakami
Hombres sin mujeres
(Traducción de Gabriel Álvarez Martínez)
Tusquests, 267 pág.

“Escribir sobre la esencia de algo irreal se asemeja a quedar con alguien en la cara oculta de la luna. Está oscuro y no hay señales”
Haruki Murakami (Kioto, 1949), autor de culto en Occidente, candidato al Nobel de Literatura durante varios años consecutivos, novelista, ensayista (Underground o Retrato en jazz) y traductor de Raymond Carver, F. Scott Fitzgerald o John Irving, regresa al panorama literario con un nuevo título sin dejar de lado sus miedos y obsesiones y siguiendo de forma fidedigna sus modos pasados. Tildado por la crítica como autor ecléctico, posmodermo, como prosista amigo de lo onírico y surreal, Murakami es un auténtico admirador de Dostoievski o Salinger, y reconocido cultivador de un realismo mágico cercano a los grandes Juan Rulfo o Gabriel García Márquez. Pero Murakami es, además, un verdadero indagador de los entresijos del alma. Con Hombres sin mujeres ofrece a sus incondicionales lectores siete relatos, a cual más sorprendente y enigmático, en los que la soledad, siempre ella, preside el envite amoroso en el antes y el después de una relación.


Desde el primer relato, Drive My Car, deambulan por las historias de Murakami hombres desorientados ante la conciencia de pérdida y ante la incapacidad de unirse en comunión plausible con la mujer deseada. Murakami presenta, en un crescendo desolador, a hombres que pierden su orden de vida y que se ven sujetos a un caos y abandono que acaba, en muchos casos, con su propia vida (“Un órgano independiente”) o metarfoseándose en seres ora transparentes (“Kino”) ora inexistentes, víctimas, en definitiva, del abandono y la traición de la persona a la que aman.
En Hombres sin mujeres, tal vez como un eco de la modernidad, la impronta sexual de la masculinidad queda ninguneada a merced de un sentimiento que los protagonistas no saben afrontar, acabando devorados por el deterioro, la desorientación y la confusión. Como el protagonista de “Kino”, quien califica el deseo de “sangriento lastre” o de “ancla oxidada en el fondo marino”. Personajes pues, los de Murakami, que se dirigen cada vez más, y con un ímpetu desolador, al fondo del pozo. Su signo parece ser el de romper y traspasar muros, escarbar en su “yo” más íntimo para autorreconocerse o autorrecomponerse.
De esta forma, con una prosa de pauta clara y sencilla, Murakami plantea un hondo décalage en el que hombres y mujeres son desbordados una y otra vez por la ceremonia de la incomunicación. Todo ello bordeando lo fantástico y lo real, como es característico en el autor japonés. Las narraciones de Hombres sin mujeres nos sumergen en una suerte de ilusión atemporal que acaba recreando un mundo repleto de simbolismo y magia. No en vano sus obras surgen de la modernidad, como un deseo de ruptura con el mundo industrializado; ese mismo mundo que hace de la rapidez su salvoconducto y de la deshumanización su divisa. No nos resulta extraño, pues, el sesgo crítico de estos relatos, repletos de reflexiones casi adictivas sobre la extrañeza de la vida ordinaria. En los siete cuentos que presenta ahora al lector abundan los personajes anodinos y desvencijados, a la manera —en una inversión irónica y doliente del símbolo kafkiano— del Gregor Samsa (“Samsa enamorado”) de La metamorfosis; o mujeres del mundo moderno animalizadas y convertidas en lamprea (“las lampreas, que no tienen mandíbula y se mecen adheridas a una piedra”) que seducen o deslumbran mientras suenan a lo lejos unas notas de jazz. Una música que, al igual que la propia escritura, fluye como puro acto de salvación. Teddy Wilson, Vic Dickenson o Buck Clayton suenan en las páginas de Hombres sin mujeres como ya lo hicieran en Tokio blues, Norwegian Wood, o como ya sonaran distintas notas en After Dark. Puro Murakami, en la música y en la letra. He aquí siete relatos de una búsqueda sin fin: “Para los hombres sin mujeres, el mundo es una mezcolanza vasta e intensa, es la otra cara de la Luna en su totalidad”

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