Cultura y poder en el siglo XX

Una aproximación desordenada

JUAN FERRER

Los ecos de la filosofía anarquista de Mijaíl Bakunin todavía estaban pegados en la memoria después de décadas en el Imperio ruso, cuando el capitán Aleksandr Bélyshev, a primera hora, ordenó un disparo de cañón desde la popa del crucero Aurora. Era una mañana tan gélida que la respiración se dibujaba en el aire. Los cimientos de la ciudad de los zares, San Petersburgo, temblaron. Era la orden para iniciar el ruido y la furia, el asalto al Palacio de Invierno. En 1928, un maestro del cine, hábil en la dirección y el montaje, gran conductor de masas y un vehículo de altísimo nivel cinematográfico con enorme contenido propagandístico, Serguéi Mijaílovich Eisenstein, rodó Octubre, que como en La huelga, rodada cuatro años antes, mostraba el alma bolchevique donde lo colectivo era el motor de un nuevo país comunista. Pero es en El acorazado Potemkin (1925), tomando como base el motín de 1905, donde, maltratados y hambrientos, la tripulación se amotinó contra sus mandos, cuando Eisenstein logra una de las obras capitales de la historia del cine, y esa escena de la escalinata en Odessa, donde los cosacos masacran a la población.

Eisenstein se fue a México en la década de los treinta para rodar la vida y la muerte, sus costumbres y su gente, a ese México postrevolucionario fotografiado por la italiana Tina Modotti, comunista, amiga de artistas, combativa y que llegó a pisar tierras españolas alistándose en las Brigadas Internacionales durante toda la guerra, para acabar retornando a México y morir con solo 45 años. Fue la Revolución Mexicana tildada de romántica, de fuertes ideales, donde mujeres, hombres y niños se rebelaban contra terratenientes, ricos extranjeros, y las tropas yanquis en El Paso; de Porfirio Díaz amenazado por la revolución de Francisco Madero; la revolución de Venustiano Carranza, un hombre que creyó en el ciudadano común y corriente; de Emiliano Zapata, el hombre del sur de color aceituna, por cuyas venas corría sangre india, y al que el cine puso el rostro de Marlon Brando en ¡Viva Zapata! de Elia Kazan; de Doroteo Arango, bandido de vocación líder de un ejército, más conocido como Pancho Villa, al que el realizador Raoul Walsh filmó como si de un actor de Hollywood se tratase en The Life of General Villa para la productora norteamericana Mutual. Allí, Walsh rodó la batalla después de la batalla, donde eran ordenados los cadáveres para planos más cinematográficos. En realidad, fue una revolución cruel, cargada de violencia, con campesinos cargados de cananas, de ahorcados desierto adentro, de sanguinarios generales y coroneles, como Victoriano Huerta, que llegó a presidente, con alma militar, dirigiendo trenes cargados de soldados, como aquel general Mapache de The Wild Bunch (Grupo salvaje) de Sam Peckimpah, protagonizado por Emilio Indio Fernández; el México de las soldaderas que el cine puso semblante de María Félix o de Dolores del Río; de escritores americanos aventureros como Ambrose Bierce, que el argentino Luis Puenzo colocó en el ojo del huracán en Gringo viejo, papel encarnado por Gregory Peck. Bierce, un hombre de letras que para la leyenda desapareció sin dejar rastro, aunque en México todos saben que fue fusilado frente al cementerio de Sierra Mojada (Coauhila). Lo demás es crónica de un tiempo tumultuoso y salvaje, elogiado en los grandes murales de José Clemente Orozco y de Diego Rivera.

Las revoluciones aparecen y desaparecen, pero el siglo xx siempre vivió ante el temor global, ante la idea de una poderosa amenaza terrible no circunscrita a un territorio, sino invasiva, como sucedió en 1914 y como prevenía el escritor austriaco Stefan Zweig, como denunció hasta el exilio Bertolt Brecht, ante la bestia que amenazaba de nuevo Europa, que quemaba libros en noches fanáticas, y después hombres tatuados con un número tras las puertas de los campos de concentración, donde se podían leer verdaderas sentencias, “Arbeit Macht Frei” (“El trabajo hace libre”) en Auschwitz, o “Jedem Das Seine” (“A cada uno lo suyo”) en Buchenwald, y de aquellos que fueron víctimas de la barbarie y que lo contaron al mundo con la frialdad de aquel que no puede sentir más dolor, como Primo Levy en su escalofriante novela Si esto es un hombre, o el Nobel de Literatura Imre Kertész con Sin destino, o en Noche y niebla, aquel documental de Alain Resnais sobre el exterminio nazi.

Sin embargo, otros escritores coquetearon con el fascismo de Mussolini, como Ezra Pound, o el exquisito Gabriele d’Annunzio, gran fingidor que adoraba lo bien que quedaban estéticamente las camisas negras, o ese antisemitismo recalcitrante de Louis-Ferdinand Céline, el gran autor de Viaje al fin de la noche. Suicidas con alma tradicional como el japonés Yukio Mishima, que ante un Japón que, como en su obra, era como El marinero que perdió la gracia del mar, prefirió matarse de forma ritual, y que la película Mishima de Paul Schrader coloca en la historia como un escritor brillante y un samurái del siglo xx.

Ahí está la revolución castrista, que silenció el talento de extraordinarios poetas como Virgilio Piñera o Calvert Casey por su condición homosexual –de eso dieron fe Severo Sarduy y José Lezama Lima–, la denuncia en los escritos de Ernesto Sábato y Osvaldo Bayer, y tanto y tanto desaparecido en Argentina; la tristeza del poeta Pablo Neruda, coleccionista de mascarones de proa en la isla Negra, ante el obligado suicidio de Salvador Allende, ante el poder militar que teme la luz, tal como dijo Millán Astray: “Cuando oigo la palabra cultura, echo mano a la pistola”, frase copiada del ideólogo nazi Albert Leo Schlageter.

Aquí también quedan en la historia el hambre y la rabia de Miguel Hernández, los exilios de Luis Cernuda, de Antonio Machado, de Rafael Alberti –que en el Trastevere escribió uno de los escritos más hermosos, Lo que dejé por ti, recogido en el poemario Roma peligro para caminantes–, y el asesinato de un Lorca inmortal.

Poder y cultura, tal vez la sinrazón frente a la utopía. Un eterno dilema que Eduardo Galeano describe con la magistral sabiduría coloquial que poseía: “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”.

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