Aquellos tipos duros de New Jersey

JUAN FERRER

“Puedo sonreír y matar mientras sonrío”
(Ricardo III)
William Shakespeare


Un auto cruza el peaje New Jersey Turnpike, la zona más transitada de Estados Unidos, abandonando la ciudad de Nueva York, para entrar en el estado de New Jersey, donde residen casi nueve millones de almas. Conduce un hombre de mirada fría fumando un habano. Mientras el humo dibuja siluetas ondulantes, el vehículo va dejando atrás túneles, puentes, monumentos a contraluz, empresas químicas, cementerios, míseros negocios de pizza, casas de madera con la bandera americana en el porche, árboles otoñales, hasta llegar ante una espléndida mansión, la casa de Toni Soprano.

En ese trayecto se va escuchando una canción, Woke up this morning, de los Alabama 3, un tema que es toda una declaración de principios… Te levantaste esta mañana, tenías una pistola, mamá siempre había dicho que tú eras el único elegido. Ella dijo: “Eres uno en un millón”, “Tienes que arder para brillar”…pero naciste bajo un mal signo, con una Luna azul en tus ojos…

Era el primer mes del último año de un milenio, el 10 de enero de 1999, cuando la Home Box Office, conocida popularmente como HBO, uno de los canales más potentes de América, lanzó una de las series que iban a cambiarlo todo, que iban a marcar un antes y un después, el momento en que la pequeña pantalla se comió al gigante del cine, cuando lo miró de frente y no le envidió absolutamente nada, e hizo de su eslogan un sello identitario: “El poder de una historia HBO”. Esa serie que acompañó a un espectador fiel, fue Los Soprano, crónica mafiosa con un líder indiscutible, Toni Soprano, un tipo duro donde los haya, un jefe de apariencia impenetrable, que sin embargo mostraba fisuras emocionales en cada una de las tres parcelas que ocupaban su vida, la familiar, la profesional y la terapéutica. Casado con Carmela (Edie Falco) y con dos hijos adolescentes, Meadow (Jamie-Lynn Sigler) y Anthony (Robert Iler), intentado llevar una vida normal imposible; con una madre, Livia (Nancy Marchand), donde la línea que divide el amor y el odio era imperceptible, y un tío, Corrado Soprano (Dominic Chianese), hermano de “Johnny Boy”, padre de Tony Soprano, y mafioso a la antigua usanza, capaz de recordar con rabia, y de olvidar del mismo modo, y con una hermana mayor, Janice (Aida Turturro), con un don natural para generar un problema tras otro. Ese círculo, forma una parte vital en la vida de Tony, donde cada uno de sus miembros ofrece un retrato diferente, que sin embargo confluye en una falsa apariencia de normalidad, como el deseo de una familia italoamericana con raigambre y orgullosas costumbres, que incluso, entre una deseada convivencia, no puede esquivar un halo de tragedia shakespeariana, aunque el drama también de paso a momentos familiares con sentido del humor, como cuando en torno a la mesa Anthony pregunta a su padre: “¿Es cierto que los chinos inventaron los spaghetti?, a lo que Tony Soprano responde con una lógica de puro instinto italiano: “Piénsalo bien, cómo iba a inventar gente que come con palillos algo para lo que necesitas tenedor”.

Otra faceta de Tony Soprano, el gran papel protagónico en la carrera del malogrado James Galdonfini, es su relación con la psiquiatra Jennifer Melfi (Lorraine Braco), que extrae del mafioso las parcelas más intimas, sus continuados ataques de pánico, su compleja relación familiar, sus rencores, su sexualidad entre el machismo más exacerbante y la inseguridad más infantil, su disfrazada responsabilidad legal como gestor de residuos, que en realidad esconde sus obligaciones como capo, y sus vínculos con su gente, e incluso, algunos rasgos de bondad en un hombre por condición, inmisericorde.

El creador de Los Soprano, David Chase, que tras el éxito de la serie no volvió a escribir ninguna otra, conectó con el telespectador, al saber combinar un drama humano familiar y personal, con una historia de hampones comunes, al estilo de los que habitaban en la magistral Uno de los nuestros (Goodfellas), dirigida en 1990 por Martin Scorsese, y donde la fotografía, la ambientación y un definido aire de autenticidad rayaban a la misma altura de las producciones cinematográficas. Algo extrapolable a otras producciones de la cadena HBO, que a principios del 2000 competía consigo misma con series tan sólidas como la realista mirada a la Segunda Guerra Mundial de la miniserie Hermanos de sangre (2001), la extraordinaria The Wire (2002-2008), considerada junto a Los Soprano las mejores series de la historia de la televisión; la revisión histórica de Roma (2005-2007); la original y necrológica A dos metros bajo tierra (2001-2005); la popular Sexo en Nueva York (1998-2004); la magnífica rareza de Carnivale (2003-2005), o el western injustamente olvidado Deadwood (2004-2006), una joya a revisar.

En Los Soprano, New Jersey no es un espacio casual, en New Jersey nació James Gandolfini, pasó su infancia y juventud en Park Ridge. La familia DeCavalcante, organización criminal que se dedica al blanqueo de dinero, a la extorsión, tráfico de drogas, juego ilegal, fraude, secuestro y venta de artículos robados, y que se cubre las espaldas con la construcción y el cemento, sirvió de inspiración para crear la familia DiMeo, a la que pertenece la familia Soprano.

Una de las grandes figuras de la canción, Frankie Valli, líder de la mítica The Four Seasons, grupo al que Clint Eastwood rindió homenaje con la película Jersey Boys (2014), es nacido en Newark, New Jersey. Valli era el capo Rusty Millio en la serie durante la quinta y sexta temporadas. Una estrella a la que habría que sumar con mayor o menor presencia a Steve Buscemi, Robert Loggia, Peter Bogdanovich, Joe Pantoliano, Ben Kingsley, Lauren Bacall, Elias Koteas, Annette Bening o Sydney Pollack.

Duro y violento, el núcleo de Los Soprano son Tony y sus hombres, capaces de hacer saltar los dientes a cualquiera, o lo que es peor, de borrarte del mapa, comenzando por Silvio Dante, interpretado por Steven Van Zandt, propietario del Bada Bing, el local donde se reúne el clan. Mano derecha de Toni, amigos desde la infancia, fiel y uno de los personajes de la serie con mayor carisma. Van Zant, sin embargo, es famoso por ser el guitarrista de la E Street Band, la banda de Bruce Springsteen durante casi dos décadas, y miembro del prestigioso Salón de la Fama. Van Zandt nació en Boston, pero pasó su infancia y adolescencia en New Jersey. Otra pieza fundamental es Paulie Gualtieri, papel a cargo de Tony Sirico, el subjefe de la familia, hombre singular, irrepetible, auténtico, en la vida real, con más de treinta detenciones y varios años entre rejas. Perteneció a la familia Colombo, pero el cine y después su rol en Los Soprano le cambió la vida, aunque, eso sí, especializado en papeles de mafioso. Después está el sobrino y protegido de Tony Soprano, Christopher Moltisanti, rol encarnado por Michael Imperioli, ganador de un Emmy en el 2004 como mejor actor de reparto en una serie dramática por Los Soprano.

Con numerosos premios y reconocimientos, Los Soprano deviene como una serie mítica, innovadora, que elevó a lo más alto un producto televisivo durante seis temporadas y 86 capítulos, y de la que se puede decir de todo, y para bien, ya que sin ella nada sería lo mismo. Hay cosas que son indiscutibles porque como dice el propio Toni Soprano: “Lo que es mío no puedes regalármelo”.

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