La dignidad de nuestra confusión

Tom McCarthy
Satin Island
Pálido Fuego, 205 pág.


LORENZO PLANA

El extraño afán de un antropólogo en busca de la esencia global de nuestra época

Lo primero que parece notificarnos el tono y el ámbito iniciales de Satin Island es que su autor, Tom McCarthy (1969, Londres), será ambicioso hasta el delirio en su singladura literaria. Paralelamente a esa ambición está la que formula el propio tema básico del libro: ¿podemos recuperar una mirada global sobre nosotros mismos, aquel compendio que sí alcanzó algún pensador del siglo XIX? Tom McCarthy es un audaz escritor experto en los diferentes registros del arte de nuestra época. A través de su personaje U. irá rompiendo su propio espejo, el de la conciencia del ahora mismo. Satin Island se nos antoja como una suerte de diario de bitácora de una mente que navega poco a poco entre las aguas de un mundo vertiginoso, el nuestro, el de toda la cultura actual, el de nuestra espeluznante tecnología. Tom McCarthy, al crear su alter ego U., un “antropólogo empresarial”, trata de aprehender la ternura de un joven infinitamente curioso e inquieto que acepta la propuesta de un gran ejecutivo, Peyman, una especie de dueño de aquella Tyrell Corporation de la película Blade Runner. Esta suerte de demiurgo pragmático, poderoso y futurista, emplaza al antropólogo a escribir un gran Informe. U. trabajará en él con el fin de retratar en todos los aspectos y niveles nada más y nada menos que la esencia de nuestra época. Tal babilónico menester acaba obviamente en las ruinas de Babilonia. Nuestro hombre entra en crisis. Su pareja, Madison, le habla de una misteriosa máquina fantasmagórica que conoció en Italia, de un secuestro demasiado extraño. El antropólogo cae en barrena: rozando el desequilibrio psíquico, cree comprender que la solución a todo su Proyecto, a toda su existencia, se encuentra en Satin Island, gran vertedero de la ciudad de Nueva York. Viajará hasta tal isla. Allí se encontrará a sí mismo y se reirá absurdamente de haber bregado con los grandes misterios tecnofilosóficos. La luz llega a través de un vagabundo. Sus miradas se cruzarán por un instante.

Lo dicho, después de la caída de Babel, la simple mirada entre dulce y arrasadora de un pobre indigente concederá a U. una nueva visión. Él viene de la arrogancia del saber más desaforado. Incluso literariamente (¡por supuesto!) el empeño de dar con el aleph no es cosa de tomarse a la ligera. Tanto es así que a Tom McCarthy le hubiéramos exigido todavía más sigilo y más detalles en su narración. Si realmente se trata de discernir sobre la inmensidad, el carruaje formal e imaginativo debe estar a la altura. Tom McCarthy consigue cierta sintonía con el enclave. Nos sirve el paisaje, pero realmente necesitábamos a alguien “crucificado” ante el hombre de nuestros días. Porque ese parecía el espíritu del gran Informe, y McCarthy no logra emocionarnos con el hierro de su búsqueda. Puestos a soñar, siempre anhelaremos un nuevo Ulises envilecido por todos los adelantos de nuestra sociedad. Este fiasco nos reconcilia con la poesía de siempre. Esta novela nos sitúa en perspectiva. Pero la dignidad de nuestra confusión merece el más riguroso de los regalos.

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