Mi manera de pensar un festival

Marion Betriu

Codirectora festival Frinje Madrid

Recuerdo que las primeras veces fueron los domingos del ciclo de teatro infantil Cavall Fort con mis primas. Era tan pequeña que la butaca roja del teatro principal se plegaba por mi peso insuficiente y me doblaba el cuerpo como una hoja de papel. Aunque parece ser que poco me importaba la extraña postura, porque siempre quería volver. Recuerdo sentir idéntico asombro cuando en el colegio me llevaron a la Fira de Titelles o cuando años más tarde fui a la Fira de Tàrrega. Y poco antes de irme de Lleida, recuerdo haber asistido a las muestras de cine de animación y de cine latinoamericano. Para mí, inundada aquellos años por esa sofocante energía juvenil que tanto ansiaba vivir en una ciudad grande donde hubiera mucho ruido, mucha gente, muchas luces y calles para perderse, mi ciudad –que creía tan aburrida, tan silenciosa y tan cercada de horizonte y de tierra, tan conocida y reconocida– aparecía transformada de repente en un lugar excitante, lleno de increíbles volúmenes nuevos. Tienen mérito –muchísimo­­– los festivales que toman como escenario ciudades pequeñas, alejadas del centro, del bullicio. Y ventajas –muchísimas– porque se convierten en ventanas al mundo para sus habitantes o en conexiones dentro de mapas de por sí abstractos. El lugar donde se desarrollan son como los genes de un festival y, por ello, son innegociables. Si voy a la esencia de las claves de cómo organizar un festival, advierto que la primera es entender ese lugar y dibujar su paisaje. Después viene el tiempo, el momento preciso en el que transcurre y al que el festival debe someterse; escuchando sus sonidos, atentísimo a sus imposiciones. Con el binomio espacio-tiempo resuelto creo, sinceramente, que un festival significa crear un espacio de encuentro y desaceleración que nos permita –a todos– repensar el mundo y nuestra manera de estar en él. Crear un marco para intervenir el transcurso ininterrumpido del tiempo cotidiano, detenernos y fijar nuestra mirada –la de todos– en los aspectos de nuestra realidad, tan discordante. Un festival puede ser algo tan inocente como eso pero, al mismo tiempo, entraña sus peligros. Y eso debería hacernos pensar por qué cada vez hay menos festivales, por qué en estos tiempos líquidos de los que habla el gran sociólogo Zygmunt Bauman, donde solo interesa la inmediatez, van desapareciendo, casi sin que nadie se dé cuenta, estos territorios libres desde los cuales tratamos de otear las sombras entre las cegadoras luces de colores. Y más allá del contenido –importantísimo para la promoción de artistas, para el descubrimiento de nuevas voces, para el encuentro entre artistas y profesionales del sector– quiero pensar que un festival debería ser un espacio de resistencia y también de refugio; nada malo nos puede pasar mientras, amparados bajo una colorida sombrilla y reunidos alrededor de un fuego imaginario, nos sentemos a repensar nuevas maneras de entender este maldito mundo. Hay una performance de Los Torreznos que consiste en contar durante 35 minutos cada uno de los segundos que transcurren; 2100 para ser exactos. Los dos artistas, con un amplísimo abanico de intensidades y velocidades, cuentan cada segundo, es decir, recitan el tiempo para, de alguna manera, hacer visible (y audible) el goteo que marca todas las vidas de este mundo. Por momentos, el público les acompaña convirtiendo aquello en un acto colectivo y de celebración sobre el paso del tiempo. Es algo muy sencillo, casi primitivo e infantil y, sin embargo, ofrece una perspectiva nueva que asombra, una suerte de extrañamiento. Quizás por eso ahora regrese a mi recuerdo el principio de este texto y también de mi vida; aquella vieja sensación –también primitiva, también infantil– que me produjeron los festivales de mi ciudad cuando mi pequeño mundo se transformaba en un lugar tan grande y tan extraordinario.

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