El triunfo de una generación atolondrada

Francisco Casavella

El día del Watusi

Anagrama, 891 p.


LORENZO PLANA

Esta novela de técnica sabia nos brinda de un modo hiperreal la locura de una época que ahora se nos antoja lejana y ácidamente entrañable.

El día del Watusi es un encuentro, esa canción amada por toda una generación, un estado de ánimo y vuelo, una charla entre amigos que no se han visto en muchos años y que ahora, en el bar del ayer, sorben sus cervezas entregados a la calidez con el heroÍsmo de quien se siente insustancial y pleno. Es una identidad insignificante pero universal: las vigas de la memoria y esas chispas en el corazón que nunca envejecen en quienes adoran la juventud más allá de la sabiduría y el sentido común. ¿Y qué es estar vivo, el éxtasis, creer que no se muere, sino renunciar en cierta medida (aunque eso sea variable y misterioso) a la sensatez? Malditas meteduras de pata… si no fuéramos tan benévolos con cierta indolencia vital, esa que borra como pastillas nocturnas el fragor del nerviosismo chirriante del estar todavía vivitos en el planeta Tierra.

El protagonista de esta historia y su amigo cojo, solos ante una fascinación traicionera, se encuentran un buen día ante un cadáver y una deriva trepidante por la Barcelona oscura. La inmensidad del absurdo que no corroe todavía las entrañas soñadoras. El cuerpo muerto del Watusi les susurra escalofriantemente la más convincente de las rebeldías: la de quien no quiere hacerse adulto. Fernando Atienza irá de tropezón en tropezón, de música humana en música humana, de reflexión majadera en reflexión majadera, hasta hacer de su destino un chiste. Y también todo lo contrario: el terreno ampuloso y digno de un ser humano único. Cuando Fernando y el Yeyé entran de sopetón en la herida de la ternura, ya no podrán quitarse de encima la leyenda de quien «baila para adentro» y acarrea la poesía girada en las uñas del viento.

En definitiva, como decían los griegos, la locura es la fuente de la sabiduría. La mitificación del propio escritor, Francisco Casavella (Barcelona, 1963-2008), tiene que ver con un personaje al límite, auténtico. Esta es la mejor novela sobre la transición contemplada desde la trastada y el ansia de lo imposible. Testimonia que los mitos también pueden escribir de maravilla, y, desde el desgarro, ser perfectos arquitectos de ensueños «demostrados». Fernando, un personaje lúcido e inepto, trastornado y triunfador a su modo. Nos retrata. Aquel lío político no impidió una educación sentimental. La sociedad logró salir adelante; todos guardamos en la memoria alguna pérdida humana, dolorosamente irreal.

Casavella supo vencer a la vida: extrajo nuestro espíritu de entre las miserias de unos años patéticos. Nos llega reeditado este enorme libro –fue publicado por primera vez en 2002– para fascinarnos hasta otro tipo de locura: ¿tan lejos nos va quedando la eclosión atómica de haber querido conseguir aquello que deseábamos, acaso una petrificación desaforada de lo que debía ser un paraíso justo y nuestro? A veces, entrar en la madurez es denigrante. Mirar a los ojos arrebatadores de esta novela es saber que por las esquinas de este maldito universo puede haber gente que nos hará mejores gracias a su talento. Es el triunfo atolondrado vía imposible. Leer El día del Watusi te lleva más cerca del cielo. Te reconstruye por dentro.

 

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