La memoria ignominiosa de un país

MARISA TORRES BADIA

Del culto a la paradójica fuerza de la memoria, la persistencia del deseo y las estrategias del olvido


Juan Marsé

Esa puta tan distinguida

Lumen, 235 p.


Qué decir del escritor barcelonés Juan Marsé que no se haya dicho… A sus ya cumplidos ochenta y tres años, un narrador “deslenguado y descreído” ofrece al lector un relato de investigación (de tintes autobiográficos) en el que nada escapa a su demoledor estilo. En fin, un Marsé en estado puro presto a resolver cuestiones como el olvido y la indefensión a través de su acerado ojo crítico, como si se tratara de un viaje por los caminos minados del cine español de la amplia “posguerra”. Durante la dictadura –nos dice Marsé en una “autoentrevista” ficticia inmersa en el relato–, aquel cine “nacionalcatólico de cartón piedra” generó una miseria moral y estética que se “regodeó en su propia falsedad y estupidez”. Y eso va a ser exactamente lo que la pluma del autor va a evocar en Esa puta tan distinguida.

Como era previsible, el autor selecciona como trasfondo narrativo un rodaje, plantea a su vez una estructura guionizada y escoge la historia de una prostituta como escaleta de su propio guion. Con ello crea una novela sobre la que confiesa que bien podría haber formado parte de la anterior: Caligrafía de los sueños. La pretensión de nuestro autor, tal y como él mismo ha puesto de manifiesto en varias entrevistas, parece clara: trasladar una realidad de unos años definitorios para la historia del país y que afectaron, como no podría haber sido de otra forma, a nuestro cine. Detrás de su peripecia narrativa se esconden, pues, los cuarenta años de franquismo, la transición y una suerte de ajuste de cuentas hacia una época mermada en todos los aspectos.

De forma nada azarosa, la obra tiene como punto de partida un crimen cuya localización espacial es una cabina de proyección. El régimen totalitario, con el abultamiento de un sentido del humor zafio y casposo o “el destape” de esas películas que rememoran la incultura de una sociedad lastrada por la censura, deviene el marco que selecciona el ácido e intuitivo Marsé como socarrón espejo de esa castigada España de daguerrotipo. A su vez, la cotidianidad de la Barcelona de los cincuenta, habitual en el autor (Últimas tardes con Teresa o Ronda del Guinardó), y el reflejo de la estafa sentimental (el sueño de la democracia) que supusieron los años ochenta florece con una sátira devastadora desde el inicio de la novela. Con cuatro trazos firmes sobre la historia de nuestro pasado y algún destello melancólico −nos recuerda Benjamín Prado−, Marsé nos presenta en Esa puta tan distinguida “la historia de lo que éramos y lo que somos, lo que cambió, lo que no fue y lo que se quedó por el camino de 1949 a 1982, y de ahí hasta nuestros días”.

Como observará el lector, el escritor recorre “un sendero moral ya característico de los detectives clásicos de la serie negra”, mediando el avance lineal con transiciones del pasado al presente tan propio del género. No cabe duda que el recurso narrativo de las entrevistas con el homicida facilita el interés del lector, al tiempo que la confección de personajes como la asistenta del narrador (homenaje fiel de la figura del “gracioso” del teatro lopesco e incluso calderoniano) acaba siendo un infalible recurso dramatúrgico lleno de humor e ironía, como es común en no pocos personajes de la novelística de Marsé.

En definitiva, en Esa puta tan distinguida comprobamos cómo el “fantasma” del cine Delicias no es solo una mujer, sino el devenir de un país. Y Juan Marsé, con gesto irónico, sabia destreza y unas pinceladas ligeras pero resolutivas, logra cautivar al lector y ofrecer un retrato profundamente crítico que destila el sordo dolor de una época en blanco y negro. Una película quizá “terapéutica” escrita en papel, “fiel a un pasado menesteroso, recosido y funesto” en el que se analizan –en palabras del autor barcelonés– la persistencia del deseo y las estrategias del olvido

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