El poeta irreal que retrató Europa

LORENZO PLANA

Una brillantísima biografía sobre Rainer Maria Rilke, heterodoxa pero fiel, que despliega las múltiples facetas de un destino vagabundo y “esencial”


Albert Roig

Perro

Galaxia Gutenberg, 389 p.


Llamamos poeta “nítido” a Rilke dado que, de algún modo casi esotérico –con absoluta excelencia lo muestra este volumen amplio y exigente, hecho de retazos, fragmentos y empatía–, logró darle la vuelta al espíritu de la Europa cultural de su época. El Viejo Continente realmente ejercía de “viejo continente”, en el mejor sentido de la expresión, si bien la vida de Rainer Maria Rilke ejemplifica su transformación gradual en algo diferente: los cimientos de la “contradicción europea” entre los radicalismos y la democracia. Rilke ocupa el lugar clave como poeta, sobre todo para nosotros, la posteridad, que necesitaba un catalizador de regresos a tiempos pasados pero nuestros. Albert Roig ha hecho una sensible lectura en este viaje junto al genial creador, dándose cuenta de su relevancia. La luna es el corazón de todo proyecto duradero. Y si se escribe aquí luna es también porque Rilke, como la luna, jugaba con marionetas y recreaba las ciudades que visitó, habitó y sufrió; esto dio pie a que su esqueleto enclenque, su triste mirada, su porte debilucho, enamoraran a princesas, pianistas y pintoras. ¿Por qué? Tal vez porque este hombre era el poeta. Lo atestigua, por cierto, su talento pleno, desmesurado.

“Pero mi fuerza consiste también en que no me opongo a las fuerzas más secretas de mi interior.” Esta afirmación implica la grieta de nuestro vate. ¿Cedería a las fuerzas más secretas todavía de los demás, de quienes lo admiraban tan conmovidos? He aquí el percance de su libertad, el drama necesario al que aludimos. Llegó entonces a admirar sin paliativos a Mallarmé y a Paul Valéry, pues le enseñaron que la poesía es renuncia. Su última transformación, tras las cúspides de Los sonetos a Orfeo y Las elegías de Duino, es beatífica: ama las rosas epistolares, las cuales implican la circularidad y el centro de Narciso, quien es a la vez un testamento, un ritual, una semilla, la Muerte verdadera, el Renacimiento y, ante todo, que “tu imaginación y todo lo que pasa en tu vida” lleguen a un acuerdo. Finalmente, lo Abierto es hallarse ante la lejanía perfecta. Por eso había de morir joven, tanto insistió en la belleza de lo pleno y vivo. Solo le importaba la esencia. Rilke es el Narciso recluido. ¿Personaje estrafalario o grotesco? En su contención aguardaba su magia. Encandiló a más de cincuenta mujeres exquisitas. ¿Y si hubiera un secreto acuerdo entre sueño y realidad? Rainer Maria Rilke, como muestra la biografía de Albert Roig, es el ejemplo de que el poeta es un diamante. Sin ir más lejos, sus elegías se adhieren fieramente al alma del lector con la precisión y la abundancia con que él desarmó a una Europa que aniquiló a sus gentes. Demasiada verdad campa con libertad por aquí, aunque, deleitándose en la naturaleza, el poeta se asusta, hace que todo se disipe. Fue sin dudarlo el más irreal de todos. Europa le debe más poetas, menos crueldad pragmática. O, por lo menos, ese respiro de la verdadera creación, la que nos salva.

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