En litigio con la injusticia

Kenzaburo Oé

La bella Annabel Lee (Traducción de Terao Ryukichi)

Seix Barral, pág. 235.

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MARISA TORRES BADIA

Una novela armada en la elegía y el canto áspero de marcada denuncia

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Los admiradores de Kenzaburo Oé (1935), premio Nobel de Literatura en 1994 y enfant terrible de la literatura japonesa por la implacable visión crítica de su país, están de enhorabuena con esta novela que, ya desde su título, rememora y recrea el emblemático poema de Poe. Una vez más, Oé —autor de obras tan celebradas como Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura (2008), Renacimiento (2010), Cuadernos de Hiroshima, (2011) o ¡Adiós, libros míos! (2012)— confirma su singularidad, hija al tiempo de un ostentoso humanismo crítico de raíces universales y una impronta existencial que ha sabido hallar, gracias a la literatura francesa —según él mismo ha manifestado— el contrapunto a la rigidez japonesa. Oé se mantiene fiel a sus principios: una escritura compleja cuya fuerza poética radica en un imaginario donde la vida y el mito se suceden en imágenes estremecedoras en torno al desequilibrio moral del hombre en el mundo. El pretexto narrativo de la adaptación de un guión cinematográfico sobre la novela de Heinrich von Kleist, Michael Kohlhaas, llevada ya al cine en más de una ocasión (Arnaud Pallières fue el último en 2013), es el anzuelo narrativo que profundiza aquí en los caminos de la peripecia política, la desigualdad y, siguiendo la huella histórica y temática de la obra de Kleist, en una búsqueda fanática por la justicia. La narrativa de Oé parece bañarse, aquí junto a Poe, en un océano de culturas: la oriental, mezcolanza de antiguas ficciones de su provincianismo natal, y la europea. De esta forma, Dante, Rabelais y su realismo grotesco (siguiendo a Bakhtin), Balzac, Sartre, Camus, Yeats o Auden no están nada lejos de los estímulos narrativos de una trama argumental y temática donde se palpa el dolor y se materializa un canto a la inocencia en el componente trágico y vulnerable de la figura de una niña. En La bella Annabel Lee, Oé se acerca en estado puro a una fortaleza semántica y de discurso que requiere de un lector natural y, si se me apura, de un cazador de dobles sentidos y de experiencias internas. Sobre la superficie aletea la sombra de lo que nunca sucede, de lo que se calla y se vive en el interior, del intenso camino, en fin, que como evocara el poema de Poe une la belleza y la muerte. La crítica ha contemplado la obra de Kenzaburo Oé —miembro de lo que se ha denominado la generación perdida de posguerra— al abrigo de dos tendencias: los libros que cuestionan los mitos nacionales, reflejo especular del Japón de posguerra y de la lucha entre tradición y modernidad, y las obras centradas en las obsesiones del autor —recordemos la figura del hijo discapacitado (Una cuestión personal), de peso envolvente en su creación literaria. Seguramente en La bella Annabel Lee el autor haya encontrado un camino intermedio entre esas dos marcadas tendencias: la política y la personal, conjugando en sus páginas la sensualidad de la bella Annabel, la actriz Sakura, con el lamento crítico por una sociedad que sucumbe ante los dictados del poder, la vulneración de la inocencia y la represión política en el Japón de la Restauración Meiji. Los referentes cinematográficos, así como la agudeza crítica y un lenguaje directo y sin tabúes a propósito del abuso sexual que tiñe el relato, favorecen la inmersión en una atmósfera narrativa asfixiante de lo que, como lo fuera la Lolita de Nabokov, parece una nueva lectura del poema de Poe. ¿Una elegía? Sí. Y también un canto áspero de marcada denuncia. En su mano tiene el lector acercarse a él.

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