Construir un dique para que perdure el amor

Mathias Enard
Brúixola
Empúries, 431 p.

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Esta novela muestra con maestría el verdadero puente entre Occidente y Oriente

Mathias Enard (Niort, 1972) ha ganado el prestigioso Goncourt con este tapiz trabajado y lleno de fascinantes oscuras luces. A través de una delicadeza y una erudición exquisitas, mediante un timbre quedo e hipnótico, se nos narra aquí la historia de un amor imposible. Cae la noche sobre Viena y sobre el apartamento desordenado de Franz Ritter, musicólogo empedernido y entrañable enamorado de Sarah, una chica estudiosa de las «locuras orientales», increíblemente inteligente y hermosa. Ambos han compartido la devoción por la leyenda de Oriente, han viajado por Estambul, Damasco, Palmira, Teherán… Franz sabe que los médicos pueden darle en breve una mala noticia, y esta madrugada resulta dolorosa; trata de endulzarla con los recuerdos, si bien estos atesoran alguna espina.

Se forma así una novela nocturna, llena de música, en la que el humor y la sabiduría van de la mano. Nuestro protagonista irá poco a poco sospechando lo complicado que resulta el amor, por mucho que en su mente haya dibujado con precisión el mapa de las relaciones entre Occidente y Oriente. Ambos personajes se encuentran a caballo entre los dos mundos. Pero tal vez sea Sarah, con su intuición y embrujo, la que mejor personifica el misterio de los continentes del Este. Inabarcable e irresistible, se convierte en el motor para que Franz teorice en torno a cómo Austria es la tierra de los encuentros, una tierra de frontera mucho más rica en contactos y en mestizajes que Alemania, que hace lo contrario, intentar arrancar «lo otro» de su cultura, sumergiéndola al fondo del Yo, aunque esta búsqueda haya de comportar la violencia más extrema.

Franz ha demostrado que la revolución en la música de los siglos xix y xx lo debe todo a Oriente, que el exotismo tenía un sentido, pues habían de entrar elementos exteriores y la radiante alteridad; ha demostrado que se trata de un movimiento amplio que abarca, entre otros, a Mozart, Beethoven, Schubert, Liszt, Berlioz, Bizet, Rimski-Kórsakov, Debussy, Bartók, Schönberg… A sabiendas que solo desde «lo otro» se puede modificar el Yo, pues el genio precisa bastardía, se pregunta cuándo se sacará del olvido a todos aquellos que han trabajado por amor a la música, a los instrumentos y los ritmos y modelos de los repertorios árabes, turcos o persas.

Franz mira al pasado incandescente: amigos como el arqueólogo atormentado Bilder, diplomáticos extraños, viajeros misteriosos tras las huellas de Annemarie Schwarzenbach… La experiencia del opio, la sensualidad de los amaneceres irreales…

Y mientras avanza en su insomnio, se acerca al corazón del asunto. ¿No son Occidente y Oriente una especie de representación de la distancia en el amor? Así, esta novela va convirtiéndose en una suerte de dique que el propio protagonista construye casi inconscientemente. Porque él va intuyendo que su amor por Sarah, puesto que se ha mostrado en esplendor, resultará finalmente imposible. Todo se le viene en contra, pero la última palabra es esperanza. Inmerso en el dolor, con su propio esfuerzo, eleva el dique que ha de preservar la memoria de lo que para él ha sido rozar el cielo de lo imposible. Y ese dique es orgullo y dignidad, rabia y lucha. La juventud ha quedado atrás.

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