Hollywood es nuestro

JUAN FERRER
Crític de cinema

La creación judía de la industria cinematográfica

«¡Yo no tengo úlceras, las provoco!»
Harry Cohn, fundador de Columbia Pictures

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Existe un libro riguroso y mítico para entender el cine como industria, como un extraordinario negocio que ha movido –y sigue moviendo– miles de millones de dólares. Su título, Un imperio propio (Cómo los judíos inventaron Hollywood), escrito por un gran estudioso y crítico americano Neal Gabler. En sus casi setecientas páginas, nos habla de los creadores de los grandes estudios, de personajes que parecen sacados de una película, esos hombres de pasado humilde que llegaron a América con maletas de cartón y pantalones zurcidos a mediados del siglo xix unos y a principios del xx otros. Eran hijos de sastres, modestos tenderos, campesinos, estibadores de puerto, obreros de fábrica de una vieja Europa que tenía hambre, en permanente crisis y que en los umbrales de una nueva centuria se descarnaba en una gran guerra. Llegaron de Alemania, de Ucrania, de Polonia, de Hungría, y sus apellidos los delataban al instante: eran todos ellos judíos, una enorme comunidad que se fue aposentando en la tierra prometida y fue ocupando la periferia de las grandes ciudades o los viejos edificios donde se apiñaban las familias en barrios como Williamsburg, en Brooklyn, Nueva York, o conforme iban prosperando, en la zona de Lakeview East, Chicago; en el West End que poblaron judíos rusos en Boston, o en el South Robertson de Los Ángeles. Muchos de los hijos de estos emigrantes no fueron a la universidad, sino que aprendieron a salir adelante en los callejones y se convirtieron en avispados ciudadanos de segunda firmemente decididos a ser de primera –más aún, productos del sueño americano. Y vieron un negocio floreciente: el cine. Varios de estos aspirantes a vivaces empresarios comenzaron ofreciendo vodeviles, espectáculos populares donde lograron sus primeros ingresos. Muchos provenían de una tradición de comerciantes, y sus enseñanzas de barrio los convertían en verdaderos depredadores, porque tenían ambición y la seguridad de que no volverían atrás, pues era algo que ya habían vivido y padecido.

Ocuparon espacios, se fueron creando monopolios en los campos de la distribución, exhibición y producción. Eran los judíos de Hollywood. Asumieron su poder y pusieron todo su empeño en no desvelar sus pobres orígenes –y varios, en camuflar sus apellidos. Tenían ese complejo grabado a fuego en su interior. Tal vez por ello eran despiadados, incluso crueles con los directores de la época, pusieron de moda aquello de que el productor es la estrella y firmaron contratos millonarios con las que serían legendarias figuras del séptimo arte, todas ellas atenazadas por el yugo de este puñado de negociantes de gran inteligencia y poca delicadeza. Así crearon la ciudad de las estrellas. Odiaban perder y llegaron a extender sus tentáculos hacia todas las direcciones, hacia todos los aparatos de poder. La Asociación de Productores Cinematográficos de Estados Unidos, donde tenían una parte mayoritaria, creó el funesto código Hays, con el títere William H. Hays a la cabeza, para autocensurar el cine americano o, veladamente, para tener un mayor control en la industria y una herramienta política bajo la excusa de la moral. Después vino la denominada caza de brujas, una lista negra que en 1950, bajo el control del senador Joseph McCarthy, agrupó a más de doscientos nombres sospechosos de ser comunistas en plena Guerra Fría. Una comisión que quitó visibilidad a figuras del cine, que las condenó al ostracismo, donde hubo delatores de la talla de Elia Kazan y delatados como el guionista Dalton Trumbo, que no pudo ver su nombre en los créditos de una película hasta que el judío Issur Danielovitch Demsky, el hijo del trapero, más conocido como Kirk Douglas, metido en tareas de producción en Espartaco de Stanley Kubrick, reparó tal injusticia.

Los judíos en el cine americano han sido capitales en todas las facetas, empresariales, técnicas y artísticas. De por sí, la primera película con sonido sincronizado fue The jazz singer, en 1927, en cuya temática el personaje que interpretaba Al Jolson, hijo de un rabino, debía debatirse entre la tradición familiar o convertirse en un cantante de jazz.

Adolph Zukor y Louis Lasky fundaron Paramount Pictures; Carl Laemmle, la Universal Pictures; William Fox, la Fox Pictures; Louis B. Mayer y Samuel Goldwyn, la Metro-Goldwyn-Mayer; Jack Warner, la Warner Bros; Harry Cohn, Columbia Pictures, y hubo productores como David O. Selznnick, que produjo la legendaria Lo que el viento se llevó, o Irving Thalberg –conocido como El chico de oro–, la persona que logró el poder absoluto para la figura del productor. Fue tan poderoso, que uno de los premios más importantes de la industria lleva su nombre.

Los judíos en Hollywood forman parte de la mitología del cine en esencia, entendieron a la perfección un negocio solvente y perdurable con la merecida etiqueta de arte, sin olvidar nunca algo que ya dijo en su día el mismísimo Alfred Hitchcock: «Para mí, el cine son cuatrocientas butacas que llenar».

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