La esperanza de domar el misterio

Balthus
Memorias
DEBOLSILLO Contemporánea, 252 p.

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LORENZO PLANA
Lúcidas, precisas y hondas memorias de uno de los mejores pintores del siglo XX
Balthus, el pintor que quiso encarnar la verdad, era en realidad el conde Balthazar Klossowski de Rola y nació en 1908 en el seno de una familia cultivada de origen polaco. De vocación precoz, contó con la cercanía de Rainer Maria Rilke y de Bonnard, quienes ejercieron en él una gran influencia, además de otorgarle una especie de sello de autenticidad. De joven, Balthus fue un gran rebelde, amigo de Antonin Artaud y de la soledad.
En aquella bohemia parisiense de los años veinte, supo obedecerse a sí mismo y comenzar a producir una obra personal, alejada de corrientes, sabiamente atada a los grandes maestros y al influjo oriental. Sorprenden sus pinturas protagonizadas por niñas púberes, entre la inocencia y la perversidad. Esos ángulos a medio camino entre lo angelical y el fuego de un deseo extraño, a menudo han escandalizado, si bien Balthus siempre manifestó que sus figuras eran una excusa para alcanzar lo inefable, la ambigüedad, ese punto ciertamente relacionado con los ángeles, donde la existencia queda cuestionada, pues nos arrincona ante la belleza de lo peligroso, y, tal vez, la proximidad de alguna clase de salvación.
Durante dos años, ya al final de su longeva vida, Balthus fue dictando este texto lúcido y revelador. Alain Vircondelet anotó durante sus estancias en la casa de Rossinière las observaciones del pintor. El rigor del que hace gala este testimonio consigue que el libro se lea como unas fabulosas memorias, que rezuman literatura y reflexión.
Es ideal para todos nosotros, que desde el nuevo milenio dirigimos la mirada a la pintura de los tiempos recientes del siglo XX y atisbamos que acaso este fue dominado por dos especímenes de maquinaria autóctona y gigantesca: Balthus y Picasso, dos grandes solitarios. Picasso destruyó y volvió a reconstruir una visión del mundo. Sin embargo, Balthus fue más endógeno, aunó pureza y ambigüedad. Quiso luchar contra la apariencia y logró doblegarla. Logró trascender un mundo de “objetos”, se alejó del surrealismo y sorbió de él tan solo lo esencial, llegó a convertirse en un pintor del alma. Todo esto se va intuyendo a lo largo de unas páginas transparentes, aladas, en las que se hace especial hincapié en la infancia y en la religión. Balthus siempre se declaró católico. A través de ese catolicismo y del resguardo de las horas sin tiempo en su sagrado estudio, aunó el calor suficiente para alcanzar mediante su gran dominio de la técnica aquello que él denomina “la pincelada definitiva e inevitable”. Seguro que hubo crisis en la trayectoria vital de este genial pintor, pero se percata uno de cierta coherencia imbatible.
Se situó siempre ante la esperanza de identificar y arrimarse a la línea de flotación del misterio. No temía a la perfección, y gracias a esa fe en la temporalidad que se consagra al lienzo, alcanzó algo que puede ser denominado sin miedo “revelación”. Mientras la inmensa mayoría de sus coetáneos se disfrazaban de originalidad, Balthus unía el presente con el origen. Su singladura consistió en lo originario.
Y ahora nos parece un puente lleno de vida.

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