Una leyenda escondida

Francesc Pané i Sans
Dies de fel i de magrana (Memòria de l’ànsia i de les insurgències)
Pagès Editors, 204 pàg.

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LORENZO  PLANA

Un libro de memorias que, entre los meandros del recuerdo y cierta coherencia onírica, da con el tono más exacto y conciliador

Precisamente es posible encontrar en las primeras páginas de este libro la que será la clave a la hora de desarrollar todo el proyecto de escritura: “Les vagonetes anaven i venien amb la pasta cap a la premsa enmig de la remor somiosa i perpètua dels engranatges. Aquell món adult, barreja d’esforç humà i sonsònia mecànica, exercia sobre mi una fascinació de conte”. Poco a poco Francesc Pané va asumiendo que la edad adulta se impone, que los parámetros sociales también están ahí para forjar una educación sentimental. Pero este sabio escritor, en este libro que es la continuidad de Tendres van ser el dies (2002), en el paso ahora de la adolescencia a la adultez, coincidiendo con los últimos años de la dictadura franquista y los primeros de la transición, sorprende por la cautela con que van apareciendo las láminas del tiempo, en especial por un uso aquiescente del lenguaje. Es un poco como aquella novela de Alain-Fournier, El gran Meaulnes: resalta tanto el logro en el tono adquirido, que luego de un inicio legendario, los sucesos que van apareciendo se ven envueltos por cierta coherencia difícil de explicar, casi onírica, pero que te animan a la conciliación con el hierro de la madurez.

Como en la novela del tan pronto malogrado Fournier, se vuelve divertido prestar atención ante el forcejeo entre lenguaje y hechos. Se hace evidente que el Pané de Dies de fel i de magrana ha disfrutado plenamente en la confección de estas memorias. Está en paz con sus orígenes, esa Arbeca que siempre sigue presente, ese Canal d’Urgell enfrentado al de Segarra-Garrigues (Pané considera que este último arrastrará siempre cierta deshumanización), esa familia luchadora que es el origen de la conciencia del futuro escritor… Decía Henri Bergson, el gran pensador francés, sobre el paso del tiempo: “El presente solo se forma del pasado, y lo que se encuentra en el efecto estaba ya en la causa”. Pues bien, el amor de este memorialista por el enclave de su infancia, luego por las montañas a las que llega en compañía de su amigo Xerric, más tarde por el mar, permite detectar una coherencia que, probablemente, habrá sido la fuerza de su satisfacción vital. Desde la protección de los padres, el agradecimiento, esos valores que a menudo hoy se van perdiendo, Pané vuela después en compañía de la cultura, de “su” sentirse a gusto con los clásicos, de ese tono al que antes nos referíamos, que acaso sea mirada. Y todo ello sin abandonar el inteligente distanciamiento al fraguar las frases, que, al solaparse ligeramente aquí y allá, recuerdan los meandros de Marcel Proust. La amistad intrínseca tiene la virtud de ponerte en situación. Porque graves son los contrastes entre el individuo y la naturaleza espinosa de la existencia. Lo más remarcable de todo, justamente, es que Francesc Pané confiesa haber actuado como creía que tenía que haber actuado, o como la pasión lo empujaba. Teniendo en cuenta el laberinto en el que muchos seres humanos se ven obligados a vivir, es importante que Pané, en voz baja, casi callado, nos transmita su peculiar manera de sonreír.

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