Alquimia

Josep M. Rodríguez
Sangre seca
Hiperión, 76 pg.

LORENZO PLANA
En Sangre seca, Josep M. Rodríguez reúne los logros de sus libros anteriores y los lleva a una nueva amplitud hasta tocar la esencia de la gran literatura

El poeta Josep M. Rodríguez (Súria, 1976), tras una trayectoria acrisolada y férrea, ha conseguido en este libro aquello que San Juan de la Cruz alentaba en los dos primeros versos de su Subida del monte: “Para venir a gustarlo todo, / no quieras tener gusto en nada”. La autoexigencia y la capacidad de desvincularse de sí mismo son la gota de colirio que limpia la mirada del poeta y le permiten descubrir nuevos territorios. Con una factura excelente, Sangre seca sorprende por recoger de manera impecable lo mejor de su propia estética y desarrollarlo hasta entrar en un nuevo territorio: el reino de la gran literatura. Porque la poesía es como ese peculiar no-cuadro del que afirma El Lissitzski: “Una habitación no existe solamente en función de la vista, pues no es un cuadro; se tiene que vivir dentro”. El mismo Rodríguez ha afirmado: “Nuestra obligación es ir un poco, aunque solo sea un poco, más lejos que ese cónclave de escritores muertos del que hablaron Borges y Quevedo”. La propuesta de Sangre seca es tratar a toda costa de habitar el ámbito de la literatura con tanta ambición que esta quede retratada. Por ello debe compaginar lo leve y lo drástico, lo fragmentario, los versos entrecortados, los aforismos, ese sistema técnico que Rodríguez consigue enlazar con naturalidad en cada poema como un solo ejercicio de respiración. Sabe Rodríguez lo que Joan Margarit explica en el epílogo: “No es posible escribir como si uno fuera el primer poeta”. No se trata de orgullo sino de enfrentar un reto: acercarse tanto al corazón de lo poético que tradición y renovación se vuelvan amigas. Imagino una fotografía en la que dos hermanos se abrazan. Uno de ellos atesora la libertad de saber lidiar con los problemas prácticos. El otro es pura mirada de la fantasía y de lo irreal. Sin embargo, en ese abrazo, ambos consiguen realizarse mutuamente una transfusión. Así, en el mirar de la fotografía, el todo sale ganando. La totalidad que Sangre seca se ha atrevido a encarar en una vuelta de tuerca a la lección de San Juan de la Cruz. Los temas más esenciales, la memoria, el amor, la soledad, aparecen pues aquí como una pecera en el interior del océano; una pecera que intuye más allá de sus dimensiones. Ahora es luz la que nos cubre, alquimia de un bienestar compartido por todos los escritores del mundo, por todos aquellos que aman los libros, la vida, superarse, sentirse bien. Homenaje y reinvención. Indestructible de pura fragilidad, el niño nace sin abandonar la placenta, su mundo poético acarrea una placenta mágica e invisible. Con poemas de sensibilidad plena, Sangre seca le da sitio a la reflexión y al silencio, al amor por la tradición y a la locura de hacerla saltar por los aires. Una vuelta de tuerca al todo. Pequeña obra maestra, esta desaforada levedad. Alquimia.

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