El lado oculto de la vida

Julio Cortázar
Prosa del observatorio
Alfaguara. 96 pàg.

VANESA ESCOLANO
Un relato sobre la iluminación de aquellos mundos ocultos que el hombre moderno tiende a ignorar

El autor argentino Julio Cortázar, a cuya inventiva pertenecen Rayuela (1963), los Cronopios y famas o el nuevo idioma “glíglico”, nos ofrece en Prosa del observatorio otro pedazo de su particular universo, de esa literatura, tan suya, que a la estrategia entre lo real y lo fantástico añade los ineludibles aromas a París y Argentina, sus dos patrias.
La edición, que hace ostentación de una apariencia un tanto escolar, con páginas gruesas y letra grande, amplios márgenes y fotografías que ocupan más de una plana, tiene sin embargo el indudable atractivo de ofrecernos una estimable colección de instantáneas tomadas por el propio Cortázar desde el observatorio que sirve de escenario a su relato “el que mandó construir el sultán y astrónomo Jai Singh en Jaipur en 1716” durante su viaje a la India en 1968.
Absténganse los lectores que esperan encontrar una historia articulada en el clásico esquema tripartito de una novela. Se trata, por el contrario, de una prosa libre e informe –simbiosis pura de relato y ensayo, poesía y pensamiento como trama interior–, una oda a vivir la vida por debajo de la piel, desde la sangre, desde la pulsión; una invitación a aparcar durante un instante las ataduras de la razón para volar hacia lo ancestral, hacia el “génesis” mismo de la vida.
En Prosa del observatorio, la vida no es más que un ciclo que se repite, como el de las “anguilas plateadas”, metáfora a través de la cual Cortázar invita al lector a la libre interpretación de la obra. Esas anguilas, leitmotiv central junto a otros motivos no menos sugerentes, como el de “la noche pelirroja”, se precipitan y reaparecen a lo largo del relato como una suerte de metamorfosis sin fin. A esta impronta lábil y escurridiza contribuye, sin duda, la voluntaria carencia de argumento, algo que no nos sorprende viniendo de la mano de Cortázar. Los momentos evocados por el autor, una especie de Frankenstein literario, simplemente se suceden a través de imágenes que acaecen en las fisuras y aquellos recovecos del tiempo que suelen pasar desapercibidos.
Desde un observatorio que fue construido para medir el tiempo, Cortázar compone su historia: un relato atemporal y situado en un no-lugar del universo. Imaginemos un juego de espejos que traspasa los siglos y enfrenta imágenes: Hölderlin lee a Marx, pero “las cosas andarían mejor si Marx hubiera leído a Hölderlin”. La intencionalidad del autor parece clara: confrontar logos y poiesis, la racionalidad con lo poético. Dos mundos opuestos abiertos a la contradicción permanente: el hombre se ciega por la ansiedad de saber, por la necesidad de controlar el tiempo, pero no repara en lo que este nos ofrece. Desde la frontera entre estos dos mundos, el intelectivo y el natural, se invita al lector a despojarse de prejuicios y ataduras sociales, a luchar, en definitiva y en pura clave cortazariana, “desde la noche pelirroja”, por la libertad individual y última del ser humano: sentir el lado oculto de la vida.
Afirmado en su lirismo y su exigente intensidad conceptual, fiel como hemos dicho a la carencia de un hilo temporal identificable, Prosa del observatorio es un relato-joya bien tallado por el orfebre Cortázar. Nada aquí es ajeno a ese lenguaje fluyente, pleno de meandros, de ambigüedades y epifanías creadoras; nada escapa al perpetuo baile entre la prosa y la poesía, aunque sea a veces a costa de una gramática narrativa un tanto abrupta. Porque el fin siempre es el mismo: la iluminación de esos mundos ocultos que el hombre moderno tiende a ignorar. Un relato hermoso escrito en y para un no-lugar del tiempo.

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