Un heterodoxo ante el océano del mundo

Carlos Edmundo de Ory
Cuentos sin hadas
Edición de José Manuel García Gil
Cátedra (Letras Hispànicas), 367 pàg.

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LORENZO PLANA
Esta edición que reúne y estudia los cuentos de Carlos Edmundo de Ory demuestra la relevancia de su faceta menos conocida y, sin embargo, magistral, inclasificable

Esta es la ocasión de poder apreciar lo que representa el género del cuento en un escritor poliédrico, de personalidad ecléctica y refractaria, un raro en definitiva, como a él mismo le gustaba aceptar. Y se llega a comprender qué representaba para él la libertad: cara y cruz en el aire, ventaja del solitario, afincarse en un castillo tan bien asentado que ante su visión casi solo cabe afirmar: “Hemos llegado”. Es exhaustivo José Manuel García Gil en su magnífico estudio introductorio, tan rico en claves. Llaman la atención las declaraciones de los amigos del escritor, siempre elogiosas, como si ante Ory hubiera que hacer un caso aparte no se sabe muy bien en qué sentido, acaso en el de encajar un bosque infinito de relámpagos de inteligencia mágica. Es como si cada uno de nosotros, con cariño, hubiera de rescatarlo de su tristeza. A él, el gran alegre. Será entonces cuando nos ilumine su honda humanidad, capaz de propagarse con la inmensa e indispensable destreza de lo sincero en esa dicción que asemeja un rodillo: implacable en su vuelo, prosaico lleno de viajes, reconocible a cada milímetro. Se trata de un estado puro de creatividad como salvación vital. Una pequeña cárcel donde se eleva un genio: enmarcándolo en su época ganamos poco. Ory hubiera germinado de todas formas. Pero si nos atenemos a su historia personal, bien es cierto que su relación con su familia, con el país y con el mundo lo obligaba a hacer el trayecto inverso y estallar en la originalidad de su astucia bondadosa. Hay que recalcar la grisura de una España de posguerra que lo forzó a exiliarse y le regateó el triunfo que merecía… Aunque también es cierto que Ory siempre se autoexilió de todo, y que su trato con el éxito no dejaba de ser una contradicción que lo devoraba en su propio carácter. Fue un Valle-Inclán que no quiso estirar el lenguaje más allá del dolor, la ternura y el humor. El reverso de Cirlot, es decir, alguien de inmensos conocimientos literarios que logró la sencillez en un cuento magistral al retratar el océano cual mariposa atravesada por una aguja. Un Carver que llena su escritura de presagios, pero sin sueño americano o acento cinematográfico que vengan al rescate. Este escritor se construye en las palabras para sí mismo, desde la poesía y la autobiografía se enreda en espejos infinitos. Son cuentos que se te pegan a la piel, y estás condenado a que te gusten. El heterodoxo dispone de un ángulo de visión tan amplio que la existencia pragmática queda dañada. ¿No se trataba de un sacrificio? Escribir es hacer de la vida algo “dentro y fuera”. Ceñirse a lo imposible. Equilibrio o desequilibrio de fuerzas genial. Ory está deliberadamente vacío: su modestia es su grandeza. Y tampoco se trata de eso. Heterodoxia. Es como si no hubiese juicio posible para su obra. Lo único claro es que él se ha atrevido a dejarse emanar mágicamente, llevando la infancia de bruces contra la crueldad para sanarnos. Porque la textura de su imaginación ha llegado hasta el hueso. Sus cuentos fantásticos se hacen un hueco en nosotros y nos curan. Para él siempre habrá un sueño por soñar.

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