Artesanía y pureza

MARISA TORRES BADIA

José de la Colina
Yo también soy Sherezade
Menos Cuarto Ediciones, 2016, 150 pg.

Entre la reescritura culturalista, la ironía y la mirada crítica

José de la Colina (Santander, 1934), periodista cultural, traductor, ensayista, y uno de los muchos vestigios del doloroso exilio español en México, país donde reside, se ha forjado como creador una inigualable obra literaria que goza de gran reconocimiento en Latinoamérica, muy en especial en el cultivo del microrrelato. Miembro de la segunda generación del exilio republicano —niño pues de la Guerra Incivil, como él ha llamado aquella herida permanente de nuestra historia—, ha compartido amistad y convicciones con Luis Buñuel, Juan José Arreola y Octavio Paz.

No se equivoca Fernando Valls, uno de los máximos especialistas de la microficción y autor asimismo del excelente prólogo que abre la edición de Yo también soy Sherezade, cuando recuerda que, en la imprescindible antología del microrrelato hispánico de David Lagmanovich, José de la Colina aparece, con luz propia, en una sección intermedia que sirve de umbral al microrrelato hispanoamericano contemporáneo, junto al mexicano Edmundo Valadés, el cubano Virgilio Piñera o los argentinos Adolfo Bioy Casares y Enrique Anderson Imbert, entre otros. Colaborador de la prestigiosa revista Plural y autor premiado en diversas ocasiones (Premio Mazatlán 2002 por su libro Libertades imaginarias y Premio Xavier Villaurrutia por De libertades fantasmas o de la literatura como juego en 2013)—, De la Colina se ha autodefinido siempre como cultivador de una escritura artesanal, como un autor, en suma, que frecuenta el procedimiento de la “reescritura de motivos” y que gusta del uso de sistemas de composición habituales en el género. Así, en Yo también soy Sherezade, es constante el reencuentro metaliterario con personajes y obras varias, desde personajes de la cultura grecolatina a múltiples, denominémoslas así, “variaciones” de obras del calado de La metamorfosis de Kafka (concretamente once) o de relatos cercanos a Max Aub, como el hilarante Marca La Ferrolesa.

El volumen que nos ocupa habla largo y tendido de un autor de exquisita lucidez. Los relatos de José de la Colina narran avatares quasi fugaces, destilan inteligencia, calado intelectual y, sobre todo, una ironía refinada y crítica que nos recuerda a algunos de los nombres que el mexicano de adopción vindica como cercanos: Borges, Valle-Inclán o Gómez de la Serna. Quizá sea esta, la ironía, junto al estilete que disecciona las contradicciones de la condición humana, su impronta más personal. Sin olvidar alguna pincelada de erotismo, estilizado —caso del inigualable El guesquel — en un bucle de barroca compostura: “El uso del guesquel es el siguiente (…) el hombre se lo ata al órgano viril (…) durante el coito lo introduce con las cerdas por delante en la vagina de la compañera, causando en ésta un cosquilleo tan violento que serpentea, se arquea, aúlla, llora (…) se agita, se desmaya, se reanima, (…) canta baladas de amor (…)”. U otros de talante similar que invitan a la sonrisa y la admiración, como algunas de las distintas variaciones que, salvando las distancias, nos acercan a los artefactos verbales de Raymond Queneau; o, en fin, a los microrrelatos a los que anteriormente hacíamos alusión inspirados en Kafka o en los avatares de Orfeo y Eurídice, prestos a fundar relecturas culturalistas, mitologías, historias alternativas o contrafactos de la historia. Todo un gozoso descubrimiento: José de la Colina. No cabe duda que este maestro consumado del microrrelato reclama un lugar de privilegio junto a sus admirados Julio Torri, Augusto Monterroso o Juan José Arreola.

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