Ebrios de cine, poesía y juventud

MARISA TORRES BADIA
“Retrato de la gestación y crecimiento intelectual de una Generación”

Vicente Molina Foix
El joven sin alma
Editorial Anagrama, 361 p.

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Se ha de reconocer que Vicente Molina Foix sorprende con El joven sin alma, novela (o memorias noveladas) que, a modo de educación sentimental, recorre todos los vericuetos del alma carnal —no en vano inicia el trayecto con una cita de Ramón Llull que alude a ello— y del alma intelectual de un joven que no olvida edificar un testimonio celebratorio de la época en la que creció como amante, como cinéfilo engagé y como escritor.
Los que nos sentimos atraídos por los años sesenta no podemos pasar de puntillas por la novela de Molina Foix, tan avasalladora en su información como presta constantemente al guiño irónico de quien retrata a una pléyade de jóvenes con ansias de escritor. No cabe duda que este es uno de los atractivos de la obra: el lado curioso y fisgón de un universo cultural lleno de referentes. La mal o bien denominada coqueluche de la Generación de los años 70 deambula, pues, por las páginas de la obra con la naturalidad indolente propia de la festiva gestación de la poesía “novísima”: referentes como el Grupo Cántico o libros como Infame turba, Arde el mar, Dibujo de la muerte o Así se fundó Carnaby Street son citados con asiduidad en El joven sin alma.
De esta forma, a través a dos o más voces narrativas, Molina Foix teje ficcionalmente una experiencia fundamental de su vida de escritor. A la manera de una pieza musical tocada a dos manos, nuestro autor dialoga con su otra voz y comparte una experiencia introspectiva de tintes freudianos. Asistimos de este modo a la iniciación sexual e intelectual de ese joven y de sus compañeros de viaje, “jóvenes pavesianos —en la voz de Ana Mª Moix— que hacían mesas redondas sobre la vida soñada” y que acabaron convirtiéndose, dirigidos por Pedro [Gimferrer], “predicador y artífice” de la nueva estética, en la cumbre del “amour fou” y de la poesía “novísima” tutelada desde Barcelona por José Mª Castellet.
Resulta inevitable que trasluzca en la novela la ironía romántica de Gimferrer, la arquitectura poética de Carnero, el verso desagarrado de Leopoldo Mª Panero, la delicadeza de Ana Mª Moix o el histrionismo del personaje de Ramón [Terenci Moix]. Su extraordinario retrato en El joven sin alma es extraordinario invita a la sonrisa en muchas ocasiones: “Ramón es una mezcla genial de representante de artistas, metteur en scène, apuntador y prima donna”; G. Carnero, “el Poeta de Gran Estatura y foulard, fue segundo en declararse enamorado y escribió un soneto en mordiente clave gongorina”; Leopoldo, cuando se hallaba “fuera de la tiniebla me ganaba en ensayo psíquico y yo en artes fílmicas. Sin embargo, estábamos empatados en simbolistas franceses”.
A modo de realidad poliédrica, y en comunión con el cinismo (el distanciamiento irónico a veces risible) y los más íntimos secretos de alcoba, planea en el volumen una historia real, autobiográfica, que aúna todos los registros, incluido el género epistolar en un sentido homenaje a Ana Mª Moix. El traslado de domicilio por parte del narrador, sirve como pretexto para desempolvar e hilvanar los recuerdos del pasado. Las cartas compartidas con Ramón (primer “amor” de Vicente), el enamoramiento de los tres jóvenes (Pedro, Guillermo y Leopoldo) hacia Ana María, la enfermedad de Leopoldo, los artículos publicados en Film Ideal o en Nuestro cine,y la gestación, en fin, de obras que encumbraron al movimiento “novísimo”, nos facilitan el goce ensimismado —pura literatura dentro de la literatura— de las luces y las sombras de toda una generación literaria. Una novela cuya lectura propicia una sucesión de incógnitas y una sola verdad: “Al atardecer, los niños montaron en sus bicicletas y no regresaron nunca”

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