¿Castigar a un niño?

Jaume Baró
Doctor en medicina. Psiquiatre

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Para su crecimiento y desarrollo la cría humana necesita coherencia, fiabilidad y referencias. Frágil pero a la vez impulsiva, lo quiere todo y enseguida. Sus padres y educadores le ayudan progresivamente a abandonar esa posición de omnipotencia favoreciendo otro tipo de funcionamiento, aceptando el retraso del placer inmediato con el fin de descubrir nuevas posibilidades. Esta frustración es indispensable para configurar una personalidad social. El papel del adulto consistirá en mantenerse firme sin temor a perder el afecto del niño.
El educador se fatiga al tener que repetir una y otra vez las mismas cosas. Piensa “lo ha entendido”. Sí, el niño lo ha comprendido pero le es difícil el abandonar el mundo de la satisfacción inmediata. El proceso de socialización exige numerosas renuncias sin que queden claras las ventajas de temperar sus deseos. En un principio lo asume para no desagradar a los padres y después con los logros que va adquiriendo en autonomía. Su psiquismo se va construyendo en un ir y venir, entre los límites y la integración interior para descubrir el placer de ser y de funcionar en su relación con el otro.

El adulto ocupa un rol de tutor, de guía. Es a la vez el que aporta seguridad y afecto pero también puntos de referencia y una estructura. Le corresponderá evaluar y responder a las necesidades del niño: es el funcionamiento asimétrico de la relación educativa. El niño chocará constantemente con las referencias que se le imponen y la estructura que se establece alrededor de él. A diferentes edades los niños nos conducen a una forma de lucha y de confrontación en las que el adulto marca los límites y ambos experimentan el miedo a perder el amor del otro, “¿me seguirá queriendo si…”?, “¿preferirá a su padre o a su madre si…”?, “¿qué pensarán los otros de mí si rehuso darle esto…”?. La situación es incómoda y difícil para los dos pero es al adulto a quien corresponde la responsabilidad de la continuidad y el mantenimiento de la relación. En esta situación el niño explora si hay coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, si las reglas de hoy son las mismas que las de ayer, para él y para los otros. Intenta comprender el mundo en el que vive y esta experiencia tiene las características de un juego. Para el adulto la educación es insistir, repetir, resistir ante el niño y a veces ante el grupo (hermanos, compañeros de clase…) asumiendo su autoridad con convicción. Cuando el niño sobrepasa el límite o no respeta las reglas, una acción debe complementar la palabra: una sanción, un apartamiento momentáneo (“el rincón de pensar”), un castigo impondrá al niño lo que rechaza entender.

No es fácil para el adulto asumir provisionalmente el papel de malo, del que limita, del que rechaza. Cuando al final el castigo aparece el niño no se extraña, sabe que ello forma parte del juego, sabe que ha superado los límites aunque no lo reconozca. A pesar de la cólera del niño el adulto debe mantenerse sólido y firme en su posición porque si no deshará lo que laboriosamente acaba de construir. Mantener una posición de autoridad no quiere decir aplastar, humillar, quiere decir facilitar un tiempo de reflexión. El reconocimiento aparecerá más tarde sin que el niño tenga la impresión de haber perdido: los dos saldrán ganando.

Subrayar un límite con un apartamiento provisional, con un castigo, con una sanción es permitir confrontarse con unos límites sólidos para evolucionar de la ira a la tranquilidad, del grito a la palabra, del rechazo a la interiorización. Representa una pausa que facilitará mejorar la perspectiva tanto para el niño como para el adulto y permitirá no verse sumergido por las propias emociones, del riesgo para el adulto de perder el control, de interrumpir por la fuerza el debate humillando al niño o abusando de su posición dominante. ¿Qué sanción o castigo escoger?, el castigo será más efectivo si está en relación con el comportamiento que se critica buscando una proporcionalidad a la gravedad. Una sanción demasiado severa o demasiado emotiva puede desencadenar un sentimiento de injusticia y ser contraproducente. Será mas útil si el tiempo de reacción es corto (sobre todo para los más pequeños) y es dictado con el adulto presente. Si la emoción es demasiado fuerte, si el desbordamiento afectivo amenaza al adulto, el pedir ayuda a una tercera persona (el otro padre o madre, un colega) permite evitar situaciones negativas. El adulto tiene que poder decir y hacer sentir los límites al niño. Confiar “el trabajo sucio” a otro para inocentemente intentar preservar una buena relación es una confesión de impotencia ante el niño que lo comprenderá muy rápidamente y se aprovechará de la situación. El aceptar un comportamiento inadecuado significa una autorización implícita que estimularía esa manera de actuar.

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