La paradoja de la sencillez

Josep Maria Nogueras
Avanzar
La isla de Siltolá, 62 p.

LORENZO PLANA
Un poemario que triunfa desde cierta valentía tan convencional como heterodoxa

Por ser un libro tiernamente diferente, logra conquistarnos. Josep Maria Nogueras (Alguaire, Lleida, 1969) ha publicado varios poemarios, compaginando las lenguas catalana y castellana, y asimismo ha destacado en la disciplina de la fotografía. Precisamente como fotografías rápidas se nos antojan los poemas de este último libro, Avanzar. Rápidas en el sentido de que asemejan instantes, estallidos de una sesgada lucidez que no es del todo lo que parece. Cierta elegancia y cierta raigambre infantil… Lo cierto es que la mirada en cada una de estas composiciones delata la capacidad de su autor para acercarse pacíficamente, cautamente, hasta nuestros corazones. Es en la valentía de comenzar con estas palabras cuando ya nos percatamos de que ciertas reglas del juego han cambiado: “Dejar que te acaricie / la luz de los poemas, / rememorar ciudades y paisajes, / rostros, nombres, cuadernos/ que resumen tu vida. // Y alzarte una vez más de entre las sombras. // Amar como quien ama / sabiendo que no habrá ya un día más.” Y hay un territorio inagotablemente adscrito a los cambios de estación, a los milagros de la naturaleza. Es ahí, mirando hacia el cielo, hacia el cosmos, hacia lo que la intemperie nos regala como nuevo, donde nos sorprende que la respuesta a la vastedad sea hacer un uso cuidadoso de la sencillez. Aquí no hay grietas, aquí no hay drama… como si el poeta hubiera pactado la paz con el mundo. ¿O en el fondo se trata justamente de haber superado el más terrible de los dramas?

Este libro se deja vencer por cierta indolencia gracias a la brevedad de sus textos, enriquecida con los estratos del haiku y el aforismo. Pero hay contrapuntos formidables, versos fulgurosos que, aquí y allá, nos recuerdan que la dimensión del libro no olvida en ningún momento la hondura de un dolor ausente. Esta celebración se muestra en poemas ligeros de equipaje, no obstante conscientes del peso del todo. La principal virtud de este libro peculiar, amplio, lleno de amor, es que se ofrece al lector casi mansamente, sin que este lo note. Y de ahí su valentía, como si se tratara de un Rimbaud transfigurado, alistado en las filas de una construcción del mundo, no de su estallido. Lograr alcanzar el propósito, el reto, tal vez sea una manera de decirnos aquello que, con verbo tan proverbial como profundo, afirmaba Yves Bonnefoy: “Si hubiera llovido encontraría la huella de sus pasos…” En el caso de esta obra, afortunadamente, el suelo está preparado para “avanzar”. Ha llovido. Y casi en esta afirmación pueden dibujarse el fondo y la forma de esta filosofía que no deja de reverberar distintos sentidos sin abandonar una cohesión formal. Ha llovido ese llanto universal del que escribe Giorgio Agamben. Se ha fundido el mundo en un dolor que ha forzado a una reconquista. Pero la habilidad del libro es ir siempre por delante, ganarle la partida casi al propio raciocinio. Josep Maria Nogueras consigue con estos versos, ciertamente distintos, lo más importante: retratarse a sí mismo como en una de esas esporádicas instantáneas en las que por suerte todo cuadra. El truco es tener en cuenta que aquí el autor de sobras conoce la posibilidad de que nada cuadre. Por eso, avanza y avanza. Sonríe.

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