La herida antigua

Matías López López
Catedrático de Filología Latina, UdL

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Los autores clásicos de Grecia y Roma son los primeros entre todos los clásicos posibles. Entro aquí a tratar de algunos de esos magníficos muertos ‘vivos’ (como los llamaba Agustín García Calvo), y no es reto menor pretender hablar aún con ellos. No espere el lector un consejo exhaustivo; más bien espere una modesta receta personal, pues ya a menudo el especialista en Letras Clásicas a lo único que aspira es a que lo poco que atesora señale el inicio de una salud que cada posible lector, si quiere, deberá afianzar como tesoro propio a lo largo de una vida entera.
A la disposición de cualquiera está el ensayo de T. S. Eliot titulado ¿Qué es un clásico?, si de dotarnos de una definición depende el intento. Divulgada quedó asimismo esta apreciación de George Steiner: “Un clásico sobrevive a toda necedad, a la deconstrucción, al postestructuralismo, al feminismo, al posmodernismo y, como los perros de raza, se sacude, resopla y esboza una breve y demoníaca sonrisa, al tiempo que asegura: «Esas cosas ya han muerto, pero yo sigo vivo». Cuenta, pues, con un instinto de supervivencia”. Sin embargo, es preciso ir un poco más allá de la constatación de que a los clásicos, por lo más obvio que se les reconoce, es por su permanencia indiscutida en las aulas como integrantes de una ‘clase superior’ de artistas dignos de imperecedera imitación.
Yo deseo hoy proponerles un elemento de razón distinto: clásico es todo autor, antiguo o moderno (y así, tanto Virgilio como Balzac), capaz de ponerle a usted el dedo en la llaga, de herirlo en el punto exacto en que más va a dolerle, de atacar sin tregua sus más disimulados intersticios a lo largo de una vida completa como lector que por todo destino tiene releer. Por ende, no sin antes evocar las certeras palabras –que como profesor asumo– de Cécile Ladjali (“Debemos asentar nuestra enseñanza en la lectura de los clásicos, porque, de hecho, la biblioteca universal quizá esté contenida en diez libros que, aun sin darse cuenta, los alumnos llevan en sus alforjas”), éstos son los 10 preceptos de mi personal receta, para los cuales me abstengo de recomendar ediciones o traducciones concretas.
CLÁSICOS GRIEGOS. 1) Homero, Ilíada y Odisea: Ilíada, para saber que de la guerra venimos, que en guerra estamos y que a la guerra volveremos, y que ahí ninguno es bueno por bellas que sean las imágenes con que se adorna el fracaso y su paisaje; Odisea, para saber que el viaje (que nunca es baldío si se emprende ‘desde la entraña’) no es tanto la conciencia de un extravío como el reencuentro con el ser íntimo y la posibilidad de un renacer. 2) Los fragmentos de Heráclito, ejemplo de expresión en prosa poética de un pensamiento filosófico precientífico y antisistemático cuyo don principal reside en haber establecido el principio de oposición –y resolución– dialéctica mucho antes de su transformación en dualismo en manos de las escuelas socráticas. 3) Las comedias de Aristófanes, laboratorio perfecto de la conjunción de una irreverencia verbal de signo político –amparada por el régimen de la polis– con una técnica teatral asombrosa. 4) La Tragedia, casi con seguridad la mayor aportación de la cultura griega al mundo, depósito de un estudio integral de las pasiones humanas en su estado más puro, ya sea en la modalidad teológica (Esquilo), filosófica (Sófocles) o política (Eurípides), y ya me pesa la parcelación. 5) Platón y Aristóteles: de Platón, sus diálogos en conjunto para rastrear y admirar los fundamentos del idealismo filosófico; para Aristóteles, artífice de una primera visión global y científica sobre el mundo bajo forma de una reflexión acerca de la Totalidad (salvo alguna parcial excepción, nada parecido se hallará hasta Hegel), los tratados que integran la Lógica, los ocho libros de la Política y la Retórica.
CLÁSICOS LATINOS. 1) Las comedias de Plauto, obras maestras del enredo, síntesis singularísima de los procedimientos cómicos de Aristófanes y de Menandro, puerta de entrada –mediante las sententiae– de la filosofía griega en Roma, fuente de conocimiento para el Derecho, mina de informaciones lingüísticas; quizá –con olvido de la trama política–, la forma más acabada de la Comedia grecolatina tal y como ésta se nos ha transmitido. 2) El poema de Lucrecio, De rerum natura, obra sin precedentes ni derivación conocida en las Letras antiguas, cima de la poesía en latín, versos sapienciales que rehabilitaron en la Roma republicana el sistema de Epicuro y que supusieron el triunfo de una ética materialista que consagraba la indistinción entre ciencia de la naturaleza y moral. 3) Cicerón, todo él, príncipe del humanismo romano (intelectual eximio y, a la vez, encarnación del hombre de Estado), cita literaria obligada debido a sus tres facetas más conspicuas: el abogado y autor de discursos forenses de absolución o inculpación, el pensador ecléctico que ha merecido la inmortalidad por sus tratados filosóficos y el hombre corriente despojado de oropeles que da rienda suelta a sus sentimientos en las cartas (a su hermano Quinto, a su amigo Ático, a sus seres queridos en general). 4) El Horacio lírico, autor de las Odas, uno de los mayores monumentos de la mejor poesía de canción de todas las épocas, colección de composiciones que –acaso con la sola salvedad de las más ‘patrióticas’– conmueven por su enorme profundidad en el empeño que persiguen de describir lo sencillo de la vida: el amor, el vino, el encanto de las estaciones del año, el paso inexorable del tiempo y la caducidad de los bienes temporales, la inminencia de la muerte… Una maravilla, en suma, de la inspiración poética y de la elevación del pensamiento. 5) El Séneca de los Diálogos y las Cartas morales a Lucilio (puede el lector con prisa no tomar en consideración sus Tragedias), verdadero compendio de una filosofía en tono menor –mas irresistible– que instruye, como formidable herramienta consolatoria y terapéutica, en el ‘camino de perfección’ y en la consecución de una cota razonable de virtud a medio camino entre el placer y el dolor (el ideal ético al que el estoicismo llamó sapientia, condición necesaria para afrontar los conflictos existenciales).
Dicho sea sin ambages: no hay en nuestro catálogo nombres propios femeninos; alguna culpa tiene de todo ello el androcentrismo de Grecia y Roma. Una precisión final: creo que el lector de este recorrido panorámico por los clásicos de la Antigüedad no debe ser aventurado, inicialmente, a adentrarse en autores y obras de períodos posteriores a los llamados ‘siglos de oro’ de las literaturas griega y latina.

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