Mujeres en el Gulag estalinista

Monika Zgustova
Vestidas para un baile en la nieve
Galaxia Gutenberg, 269 p.
Vestides per un ball a la neu
Galàxia Gutenberg, 272 p.

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MARISA TORRES BADIA
La literatura como tabla de salvación en los campos de Siberia

He aquí un testimonio de conmovedora denuncia. La pluma de la escritora y traductora checa Monika Zgustova (Praga, 1957) nos sumerge, por los caminos del dolor, en un relato construido desde el testimonio vivencial de nueve mujeres supervivientes de los campos de trabajo siberiano. Su relato supone para el lector el descubrimiento de todo un universo represivo que se fraguó y pervivió en la Unión Soviética de Stalin.
A partir de los contactos de la autora con una asociación de antiguos presos del Gulag, se inicia así un viaje introspectivo y emocional tejido por entrevistas presenciales a estas mujeres —hasta el momento siempre se había recurrido al testimonio masculino— que traspasa la línea de lo meramente emotivo para adentrarse, por la vía del testimonio puro, en el sórdido relato de la represión. Ante nuestros ojos desfilan así las vejaciones de unos seres prácticamente arrastrados de sus hogares por motivos arbitrarios y caprichosos. La delación de un vecino, la relación amorosa con algún escritor que no escribía según el canon soviético del realismo socialista…, cualquier pretexto era válido para condenar a estas mujeres a un doble castigo. Por un lado, la usurpación de la libertad tras las purgas estalinistas y la condena a medio hostil; y, por otro, el estigma de un segundo dolor: el regreso a un entorno familiar al que muchas de ellas ya no podrían adaptarse.
El esquema que escoge Zgustova para presentarnos la denuncia en un lugar común dominado por el pánico, la represión y los arrestos, no es otro que el extrañamiento y el desgarro existencial. La autora visita a las víctimas y dialoga con ellas tête à tête, iniciándose así un relato dentro del relato. Pasado y presente se hermanan en una suerte de imbricación emocional conmovedora que da paso al testimonio, entre otras, de Ela Markman, Zayara Vesiólaya o Irina Emeliánova —hija esta del último amor de Boris Pasternak, autor de El doctor Zhivago—, partiendo siempre de la descripción de un espacio desgraciadamente cotidiano, el momento de la detención: “la noche del 27 o 28 de agosto alguien llamó a la puerta. Varios policías secretos llevaron a cabo un registro domiciliario que se prolongó hasta al amanecer. Por la mañana se llevaron a Ariadna. Ya no volvió”.
Así pues, el libro se construye a partir de dos ejes vertebradores claros: el de la denuncia y, por otro, el de la palabra y la salvaguarda de la belleza frente a una realidad desoladora. La literatura —como ha escrito Xavier Macià— se convierte en mirada y espejo, aunque haya nacido de la tiniebla. En contexto tan sórdido, la palabra creadora deviene reposo y luz dentro de un infierno personal en el que la dignidad humana se ve usurpada. Los traslados a los campos de trabajo en vagones de ganado, el hacinamiento y la muerte en dichos vagones, los trabajos forzados cavando doce horas al día a cincuenta grados bajo cero y en plena oscuridad en el campo de Kniazh-Pogost, o, en fin, las palizas, violaciones y abortos provocados, superaban todo lo humanamente soportable; sin embargo, todas ellas coinciden y confiesan que la literatura, la poesía o las cartas les ayudaron a salvarse de la locura y del suicidio: “mucha gente componía versos en los campos de trabajo, eso ayudaba a mantener la mente ocupada.”
Hay escritos que no dejan ni deben dejar al lector indiferente, y Vestidas para un baile en la nieve es uno de ellos. Monica Zgustova lo deja claro a través de una doliente epopeya en la que nos invita a la reflexión desde la denuncia, desnuda y desgarradora denuncia, de esas mujeres que sus carceleros denominaban señoritas moscovitas o señoritas de las blancas manos. Todas ellas vivieron en la barbarie; todas reconocen que fueron salvadas gracias a su fortaleza física e intelectual, y al poder secreto de la palabra: “Ni en unas condiciones tan adversas perdió Olga la costumbre de componer poemas. Repetía los versos de memoria, pues no le permitían escribirlos”.

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