Atrapados en el absurdo

Manuel de Pedrolo
Totes les bèsties de càrrega
Edicions 62, 377 p.

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LORENZO PLANA
Un magma social irracional e inerte novelado para clamar por la libertad humana

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La novelística de Manuel de Pedrolo (Aranyó, 1918-Barcelona, 1990) se caracteriza por haber logrado adelantarse a su tiempo y por una llamativa y personalísima diversidad. Totes les bèsties de càrrega, novela reeditada ahora, es un obsesivo itinerario por una sociedad enferma, dominada por el miedo y el absurdo, en la que a duras penas puede esbozarse un mínimo sentido a las cosas y a los seres, como si todo flotase al modo de los objetos en los embrujados cuadros de Chagall, sólo que abocados a una oscuridad metódica. Los habitantes de esta entelequia angustiante y cerrada, tratan de adivinar quién gobierna realmente sus destinos, y, al modo de las novelas de Kafka, sus pesquisas no logran llegar a ninguna parte, más bien hasta la nada, el desasosiego y un ebrio desvarío existencial. Podría hablarse de otros paralelismos en el mundo de la cultura occidental, ya la fantasía expresionista (el cine de Robert Wiene, o de Murnau o del Fritz Lang de la primera época alemana), ya la novela alegórica en la línea de obras como 1984, de George Orwell, o Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. En este país imaginario no sólo ha desaparecido la transparencia y la libertad, sino que extraños simbolismos perduran entre esa población sometida y extraviada. Por ejemplo, el protagonista en torno al cual gira toda la obra, quien acapara un elegante magnetismo, efectúa un periplo en busca de la madre, figura casi mitológica a la que los opresores han intentado asesinar en un onírico y dantesco quirófano. Pero al parecer, la madre ha escapado. Nuestro protagonista, a quien no se le ofrece nombre alguno, visita primero un surrealista cementerio, luego una extraña concentración ante delirantes oradores, asimismo el “barri nou”, y, finalmente, una montaña donde es detenido. Siempre ha ido en pos de esa figura femenina misteriosa, pues hay algo telúrico en ella que delata algún tipo de salvación. Este matriarcado obsesivo nos recuerda la manía de E. M. Cioran con la búsqueda del nacimiento, como si nada fuera de este albergara ya sentido alguno.
En Totes les bèsties de càrrega ocurre todo lo contrario que en el brillantísimo y reciente El ruido del tiempo, de Julian Barnes, donde todo gira en torno al papel del arte dentro de una dictadura. En la novela de Pedrolo ese elemento de indagación se trasvasa hacia la locura del propio lenguaje literario. El protagonista se confunde con la espesura de la narración. En un momento determinado, deja atrás a una chica con la que tiene previsto engendrar un hijo. Los soldados lo toman preso en la montaña. Al acariciar en la despedida a esta joven mujer se formula tal vez una imagen diáfana del mensaje de Manuel de Pedrolo. Queda atrás el sabor de la auténtica naturaleza del mundo, la real, para adentrarse en la negatividad de la propia naturaleza humana. Ese lenguaje, ponzoñoso y monocorde, ha operado a su manera de profunda reflexión. Si los personajes de este particular infierno se retratan en la misma creación, como en un espejo cóncavo, es porque no hay ya nada más que explicar. Cuando el protagonista es capturado por los soldados vemos emerger la injusticia desmesurada que importa al escritor, aquella que él correlaciona con el adiós al panteísmo de lo sagrado, con la esencia maligna de la falta de libertad: la trampa del totalitarismo, la ceguera impuesta desde la propia epifanía enfermiza del hombre. Una novela que esconde un canto oscuro a favor de la claridad.

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