Yo también quise matar a Franco

Juan Cal
periodista i escriptor

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Yo también quise matarlo, a él, al dictador, a la maldad hecha cuerpo, a la causa de todos nuestros males. Me gustaría haberlo ejecutado con precisión quirúrgica, con detalle, como si fuera lo único que podía haber pasado en una España capaz de superar la condena de vivir inmersa en la tragedia, sin posibilidad de redención. La República era esa redención y él la frustró, la evitó con un golpe brutal e inmisericorde. Merecía esa muerte literaria, esa venganza de papel que es el consuelo de los que sueñan otros mundos, otros escenarios y otros finales para las historias. Podía haber elegido una muerte prematura, cuando se fue a la legión, a manos de un levantisco rifeño, un sicario de Abdelkrim. Nada de combates singulares, ni de duelos épicos. No, la muerte lenta y dolorosa causada por un choque séptico a causa de la infección adquirida en el hospital tras el tratamiento de una herida de sable oxidado. Muerto entre escalofríos y estremecimientos, entre delirios causados por la fiebre y un creciente dolor intestinal que provocaba la rigidez de su abdomen. Una muerte dolorosa y cruel, producida mucho antes de merecer esa clase de muerte, cuando solo era un joven general ambicioso y arribista, ultraconservador y dócil con sus mandos.
¿Quién no ha querido matarlo? Todos los jóvenes de mi generación, los nacidos entre los años cincuenta y los sesenta, fantaseamos con esa posibilidad y si no lo hicimos no fue por falta de ganas, sino por miedo a las consecuencias. ¿Cómo habría sido la Historia si el general hubiera fallecido mucho antes del 36? Se habría dado igual el golpe? ¿Habría triunfado? ¿La República se habría salvado? Cuesta imaginar una sola hipótesis en la que un militar legitimista consiguiera imponer sus criterios a la mayoría de golpistas que se conjuraron contra el régimen político legítimo; pero hubo militares leales a la República, dispuestos a aceptar las órdenes de Azaña y a acatar las leyes emanadas de un Congreso votado por los ciudadanos españoles. Es posible, por tanto, que si hubiese faltado uno de los protagonistas del acontecimiento histórico, todo el episodio podría cambiar, ser diferente, favorable a una versión optimista de la España dispuesta a la reconciliación, donde las clases poderosas aceptasen el imperio de la mayoría popular y estuvieran dispuestos a renunciar a parte de sus privilegios para favorecer la construcción de una sociedad más justa.
¿Sería España una república popular bajo la órbita soviética? Eso insinuaban los políticos de derechas de la época y puede que esa fuera la realidad que le esperaba al país, pero también cabe la posibilidad de que, justo después de las elecciones generales del 36 en las que resulta vencedor el Frente Popular, la ayuda francesa al gobierno de Casares Quiroga produce una alianza entre los dos países y una aproximación entre los socialistas radicales franceses y la izquierda republicana española de manera que se fortalecen las fuerzas más centristas y dialogantes del panorama político de cada país. Édouard Daladier y Casares facilitaron un acuerdo entre Leon Blum y Manuel Azaña que permitió al gobierno español afrontar con calma los conflictos revolucionarios impulsados por la CNT y, al mismo tiempo, logró convencer al presidente catalán Lluís Companys de que Catalunya podía ser el nexo ideal entre las dos repúblicas, abandonando así cualquier veleidad secesionista manifestada en los hechos de octubre del 34.
Esa amistad entre una república francesa menos convulsa, bajo presidencia de Leon Blum con el Frente Popular, y una república española más moderada, gracias al bloqueo de las fuerzas de izquierda, permitió consolidar una alianza de ayuda mutua que obligaría al gobierno español a intervenir en la Segunda Guerra Mundial con los países del mundo libre contra el Eje de aliados fascistas encabezados por Hitler en Alemania y Mussolini en Italia.
Es verdad que algunos generales nostálgicos (Mola, Sanjurjo, Queipo de Llano) de los tiempos del intervencionismo y de los pronunciamientos, estuvieron a punto de causar un sangriento enfrentamiento civil, pero la falta de apoyo en la mayoría de los cuarteles, por la inexistencia de un militar carismático capaz de arrastrar a la mayoría, hizo que se frustrase la intentona golpista. Algo parecido ocurría en Francia, donde algunos veteranos de la Primera Guerra Mundial, como Pétain, sentían aversión por Blum, por su condición de judío y admiraban de forma más o menos explícita a Adolf Hitler por su oposición al comunismo y al judaísmo. Ambos sectores carecieron de fuerza para imponerse, gracias a la cooperación entre ambos países y finalmente una coalición franco-española frenó el avance alemán en la línea Maginot y, con una fuerza militar conjunta que operó desde los Pirineos, se opuso a la creación de un estado libre comandado por el veterano Mariscal Pétain.
La guerra fue mucho más corta. La armada francesa permaneció intacta porque no fue necesario el hundimiento de Toulon ya que todo el ejército se mantuvo leal a la República. Los jóvenes generales Leclerc y de Gaulle se hicieron cargo de un ejército renovado tanto a nivel de mandos como de material por la venta de material británico y ruso a las fuerzas armadas de los dos países, dos de los peor dotados de la época.
El 1 de abril de 1940, un año después del inicio de la contienda, el presidente de la República Española, Manuel Azaña, anunció el fin de las hostilidades, la detención de Hitler –que sería juzgado por un tribunal internacional– y un acuerdo honorable con Alemania e Italia para evitar las humillaciones que causaron las heridas del armisticio de la primera gran guerra. Mussolini murió asesinado por un grupo de partisanos en el norte del país, cerca de la frontera de Austria. España es hoy una de las democracias más avanzadas y respetadas del mundo

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