En la selva de la lógica

Ludwig Wittgenstein
Tractatus logico-philosophicus
Editorial Tecnos, 304 p.

LORENZO PLANA
Reedición del gran clásico filosófico que dio vuelo a los caminos de la lógica

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El Tractatus logico-philosophicus de Ludwig Wittgenstein (1889-1951) es una de las grandes obras de la filosofía de todos los tiempos. Su singularidad posee un remarcable valor aquiescente, en el sentido de que desde su publicación en 1922 (año prodigioso en que también emergieron el Ulises de Joyce, La tierra baldía de T.S. Eliot y Las elegías de Duino de Rainer Maria Rilke) los avatares de la lógica se fijan en él con firmeza, como corresponde a un clásico de su envergadura. Esta traducción, introducción y comentarios han sido realizados por Luis M. Valdés Villanueva, facilitando notablemente la aproximación a la obra de Wittgenstein. También viene recogido aquí el memorable prólogo que Bertrand Russell escribiera para la primera edición.

Los movimientos de esta suerte de partida de ajedrez agigantada resultan enrevesados y seductores. Nos llevan a forzar nuestras mentes en un ejercicio perturbador y duro que acaso sea la clave: si importa la experiencia de atravesar el Tractatus es porque nos descoloca intelectualmente, obligándonos a repensar el mundo de otra forma. Resulta imprescindible prestar atención al pequeño prólogo del propio Ludwig Wittgenstein porque en él queda señalado aún en germen el carácter bicéfalo de la obra. Para empezar, se dice que “no es este pues un libro que pretenda sentar doctrina: su objetivo lo alcanzaría si procurase placer a quien lo leyera comprendiéndolo”. Luego, asegura que la obra muestra que el planteamiento de los problemas de la filosofía descansa en una mala comprensión de la lógica de nuestro lenguaje. El libro busca trazar un límite a la expresión de los pensamientos. Pero ese límite solo podrá trazarse en el lenguaje. Menciona todo lo que debe a las obras de Frege y de Bertrand Russell. Pero lo realmente sorprendente aquí es que Wittgenstein entonces asegura que ha resuelto los problemas de modo indiscutible, llegando a la verdad de sus pensamientos. La otra cara de la moneda es que comenta “cuán poco se ha conseguido una vez que estos problemas se han resuelto”. Entrevemos aquí la bipolaridad que caracterizó a una persona siempre al borde de la locura, atormentado por el trato recibido por parte de su padre, cabeza de una de las más opulentas familias del imperio austrohúngaro, descendiente de judíos centroeuropeos que, unas generaciones atrás, habían abrazado el catolicismo.
Todo lo que envuelve al Tractatus denota una noble y extraña rigidez, casi con exageración, si bien el argumento general desemboca en el famoso “De lo que no se puede hablar, hay que callar la boca”. Aquí surge el otro aspecto, el que bebe de la melancolía de la Viena en la que se crió Wittgenstein. Se observa cierto empuje marcial en los pasos y reveses de la obra de nuestro filósofo, pero ese aire forzado y rebelde deviene en el hecho de que queda al fondo un eco misterioso, aunque preciso. Ese eco tiene que ver tal vez con la propia personalidad herida de nuestro gran escultor de ideas. El caso es que el resultado es avasallador. Todo el trayecto vital estrambótico de Wittgenstein se nos antoja literario, pero es hermoso detectar una ebriedad no menos literaria en su propia obra cumbre. De algún modo, la sobriedad glacial y exacta crea una irrealidad que logra agudizar nuestros sentidos.

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