El destello de las llamas

José Manuel García Gil
Prender con keroseno el pasado
(Una biografía de Carlos Edmundo de Ory)
Premio Adolfo Domínguez Ortiz de biografía 2018 Fundación José Manuel Lara, 570 p.

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LORENZO PLANA
Entrañable biografía del poeta heterodoxo por excelencia de la poesía española

Carlos Edmundo de Ory (1923-2010) podría ser denominado como el poeta definitivamente indispensable para comprender la España poética que más jugó a ser verdadera, en el sentido de que, en definitiva, “el lenguaje es un juego en continua creación” (la frase pertenece al propio biografiado). Si algo lo caracterizó, pues, y este libro endemoniadamente novelesco lo atestigua con gran cariño y pasmosa fidelidad, fue ese destello de llamas enrevesadas que vino a resultar su existencia. José Manuel García Gil, en ordenados y algo juguetones capítulos, nos muestra que el genial gaditano no se deja atrapar desde ningún ángulo. ¿Qué significa por ejemplo que su padre fuera poeta modernista y muriese muy joven? ¿Qué entrañas ocultaba el Postismo? No trataremos aquí de despojar de un ápice de magia a alguien que nos sobrepasa como una grúa que puede rescatar la negrura y la luz, y plasmarlas ante nuestros ojos como si juntas formaran una esfera de humo. Podremos recalcar su histrionismo y su profunda sabiduría, perfectamente hermanados, pero lo que es imposible es pararse un momento a pensar por qué motivo Ory resulta el seductor infalible para todos aquellos que están hartos de cualquier cosa que no denote “tranquilidad”.
Mucho recorre esta biografía, habla de tantos y tantos personajes; tan dispares como puedan serlo Gloria Fuertes o Roberto Bolaño, Denise Breuilh, la primera esposa del poeta, o su hija Solveig, Eduardo Chicharro o Francisco Nieva, Juan Eduardo Cirlot o Ángel Crespo, Emilia Palomo o Mathias Goeritz, Félix Grande o Jaume Pont, Pierre-Jean Jouve y José M. Caballero Bonald o Jesús Fernández Palacios… Y Laure Lachéroy, su amor hasta el fin de sus días. Porque Carlos Edmundo de Ory es una especie de pegamento para almas. Pero dejemos que dos testimonios ofrezcan una suerte de retrato inmediato. Acaso se traten de unas de las palabras más interesantes y reveladoras del volumen. Ahí van. José Ramón Ripoll evoca: “Era de Cádiz, vivía en un mágico exilio, pertenecía a otra tradición distinta a la de los poetas de su quinta, era anarquista, místico, tierno y bomba a la vez, maldito y, de alguna manera, estaba esperándonos.” Antonio Gamoneda, por su parte, deduce: “La vanidad ocasional de Ory procedía de la inocencia; de una inocencia específica y distintiva, incardinada precisamente en los poetas… La misma inocencia natural que les permite ser simultáneamente sabios y primitivos, existencialmente lúcidos y, a la vez, pensar y hablar como niños… Tienen la prodigiosa facultad de hacer existir la palabra por primera vez. Creación se da indudablemente en este hecho.” Carlos Edmundo de Ory fue muchas cosas, y el destello de las llamas ciertamente se le parece. En esta maravillosa biografía nos quemamos un poco y recibimos calor. Nos asombramos de todas las penurias que hubo de soportar este ser que creía en el hombre ético por encima de todo. Supo caminar a su ritmo, sobre todo a partir de su encuentro con Laura Lachéroy, tal vez el premio que el destino le otorgó por haber hecho de su intuición una especie de mezcla subterránea y voladora, crítica y armoniosa. Todo para que un niño de Cádiz que decidió conquistar el mundo al contemplar el mar se percatara finalmente de cómo el amor, por muy doloroso que pudiera resultar, lo embrujó en esa vida total que había ansiado. Hay personas que nos viven por dentro; leerlas puede ser una inyección de fe en la propia fe. Como si la naturalidad, lo más difícil de todo, se jactara de haber encontrado un Mago. Los Magos no usan parámetros. Ory intuía tanto las cosas que a veces se le envalentonaban. Esta biografía es laboriosa y sabe describir esa cicatriz de los espíritus que han de escapar del peso de su talento.

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